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  • Presentaron libros durante la Semana “El Arte en la Memoria”

    Presentaron libros durante la Semana “El Arte en la Memoria”

    Presentaron libros durante la Semana “El Arte en la Memoria”

    En el marco de la Semana “El Arte en la Memoria”, organizada por la Dirección de Derechos Humanos de la Municipalidad de Concepción del Uruguay, se presentó el libro “Los Conjurados”, de Pablo Lescano, y la investigación “La dictadura en la Costa del Uruguay”, de la fiscal federal Josefina Minatta. Fue en la Sección Uruguay del Colegio de la Abogacía de Entre Ríos, institución que de esta manera se sumó a la variada programación de esta Semana.

    La actividad tuvo como cierre la actuación del cantante y músico Antonio del Río, quien interpretó una canción dedicada a los desaparecidos durante la última dictadura.
    También como parte de esta Semana que unifica memoria y arte, fue presentado el libro “Vida cotidiana y dictadura. Narrativas, territorialidad y huellas de memoria”, en la Facultad de Humanidades, Artes y Ciencias Sociales de la UADER.
    La presentación contó con las intervenciones de María Luisa Grianta y Eduardo Ojeda, junto a las compiladoras de la obra, María Virgina Pisarello y María del Rosario Badano. La actividad fue amenizada por el dúo “Entre Aires”.
    “Deseo de combate y muerte”
    También como parte de esta semana especial, se presentó el libro “Deseo de combate y muerte: el terrorismo de Estado como cosa de hombres”, de Santiago Garaño. Fue en la sede local de la Facultad de Humanidades, Artes y Ciencias Sociales de la UADER. La obra de Garaño, quien participó de la presentación, propone un abordaje novedoso sobre el Operativo Independencia para entender las condiciones que hicieron posible el terrorismo de Estado.
    Más libros, más memoria
    La Semana incluyó la presentación del libro “Nosotras en Libertad”, a cargo de María Julia Giusto y Lidia Subosky, como así también del libro “Siempre Conmigo”, del uruguayense Américo Schvartzman. También fue presentado “Desaparecida: en los ojos de Cecilia Viñas”, de Julieta Viñas. Asimismo, las obras “Fernando” y “Tu risa me hace libre” fueron presentadas por Gustavo Piérola, Marta Bouret, Cristela Piérola y Gustavo Pujol. También se presentó el libro “Buscando el Reino”, de Marta Diana; “Olvidar es imposible”, escrito por Sergio Maldonado; y “Salvate vos”, perteneciente a Juan Carrá.
     

  • De calle «fantasma» a paseo con arte: el Pasaje Lanín festeja los 25 años

    De calle «fantasma» a paseo con arte: el Pasaje Lanín festeja los 25 años

    De calle «fantasma» a paseo con arte: el Pasaje Lanín festeja los 25 años

    Era 1998. Marino Santa María había dejado el cargo de rector de la Escuela de Bellas Artes Prilidiano Pueyrredón e impulsaba la creación del Instituto Universitario de Arte, hoy Universidad Nacional de las Artes (UNA). Pero desde poco tiempo atrás, cuando había visitado el Museo Guggenheim de Bilbao, quería crear una obra importante para el espacio público de su barrio: Barracas.Es que el Guggenheim de Bilbao, del arquitecto Frank Gehry, cuyo diseño evoca un barco plateado frente al río Nervión, revitalizó a Bilbao y se convirtió en su símbolo a nivel global. Ayudó a redefinir la relación entre ciudad, cultura y desarrollo y resultó tan inspirador que se empezó a hablar del «efecto Guggenheim».Santa María (1949) arrancó por casa. Empezó por armar fotomontajes de su vivienda-taller de Lanín 33, donde nació y aún vive, intervenida con obras suyas.»De chico jugaba al fútbol en esta calle. Quizás manché tanto estas paredes con pelotazos que de alguna manera quise ‘limpiarlas’», recordó a Clarín.Marino Santa María. En el Pasaje Lanín. Foto: Juano Tesone. Archivo ClarínAlguna vez Santa María habló de Caminito, la mayor creación de Quinquela Martín en La Boca, como un antecedente clave del Pasaje Lanín. Pero fue con apoyo de Pérez Celis -quien venía de pintar los murales en la cancha de Boca-, el Banco Ciudad y el Gobierno Nacional, que Santa María y unos 20 ayudantes -quienes trabajaron ad honorem durante 2 años- empezaron a pintar los frentes de las 40 casas del Pasaje Lanín.Hace justo 25 años inauguraron la obra. Y claro que el Pasaje Lanín no es el Guggenheim. Pero esa zona humilde y gris se convirtió en una galería de arte abstracto a cielo abierto y, por eso, en un punto de referencia del sur de la Ciudad de Buenos Aires.El Pasaje Lanín es una fija, por ejemplo, en La Noche de Los Museos. Se hicieron talleres con escuelas. Y fue declarado Sitio de Interés Cultural. Y lo googlean turistas para ir de visita.Con la intervención, mejoró esa callecita, 3 cuadras entre Suárez, Brandsen, las vías del Roca y Feijoó. Arreglaron las veredas. Pusieron luces LED. Y, por supuesto, falta.Santa María trabaja para pasar la pintura de las fachadas a mosaicos, que son más duraderos, inspirado por Antoni Gaudí, otro ícono de una ciudad, Barcelona, que pudo completar en un 25 por ciento.»Este año tuve apoyo a través de Mecenazgo y del Banco Santander pero no cuento con una financiación permanente», explica.Así que hay mucho en el Pasaje Lanín para celebrar. Este domingo 19 de abril junto a vecinos harán un almuerzo «a la canasta», con visitas de artistas, talleres de mosaico para chicos, shows y propuestas gastronómicas, con apoyo del Gobierno porteño. Será entre las 12 y las 16, gratis.Ya en 2025, para los 24 años del Pasaje Lanín, Santa María y vecinos llevaron algo para compartir sentados a una mesa larga que armaron en la calle. «Elegí esta forma de festejar porque durante mi infancia, una vez al año, se hacía un encuentro similar de todos los vecinos. Me interesa conservar esta tradición». El alma de barrio.Un Pasaje en el tiempoOjo: Santa María no es nostálgico. Cada vez que recuerda cómo nació el Pasaje Lanín, habla de cómo se «revolucionó» la zona, en varios sentidos.Cuenta que el vecino de al lado de su casa primero y otros y otros después fueron pidiéndole que transformara los frentes de sus viviendas. «Creo que porque la obra transmite alegría», dice. Y recuerda un pasacalles que le regalaron hace unos años y que resume casi todo. «Gracias por revivir Lanín», decía.»Nací y crecí acá. Esta era una calle fantasma para los que vivían a cinco o seis cuadras. Es un orgullo haber colaborado para que se convierta en parte de la identidad de la zona y una mejora para la calidad de vida», marca.Ayer. El Pasaje Lanín, 25 años atrás. Gentileza Marino Santa María»Los vecinos que llegan hoy muestran un gran respeto por la obra», agrega Santa Marina.En ese sentido, Santa María cuenta que viene golpeado. A comienzos de marzo sacaron sus obras de las columnas del hall de la estación Plaza Italia del subte D.Evocaban la vida en el Botánico y en el Ecoparque, paseos clave de Palermo, para las que el Gobierno de la Ciudad lo convocó hace poco más de 10 años. Donde había color todo es gris. Y Santa María se enteró de casualidad, porque su hija pasó por ahí.»Fue como un golpe a traición que todavía me cuesta entender. Unos meses atrás me habían felicitado por mis obras en el espacio público y de repente la destruyen, desaparece. Al día de hoy no tuve ningún tipo de propuesta para reponerla», dice a Clarín.Desde Sbase, la empresa de la Ciudad a cargo de los subtes, dijeron a este diario que las columnas estaban muy deterioradas y que lograron conservar 5, que mantienen en guarda en el Museo del Subte de Caballito hasta poder exponerlas en un evento.Los 24 años de Pasaje Lanín. Foto: Emmanuel FernándezRespetar para crearVolviendo al Pasaje Lanín, ¿qué más cambió? «Creo que la gran ruptura fue poner obras abstractas en un Barracas de tradición obrera, tanguera y portuaria», señala. Diferente a lo que él mismo hizo en Abasto, donde homenajeó a Gardel.»Acá, en el Pasaje Lanín, quise ir a contrapelo de lo típico. Mostrar otro Barracas, la posibilidad del cambio; es decir, respetando los legados, las fachadas de cada casa, aportar algo nuevo».Más adelante, ¿va a cambiar algo del Pasaje Lanín? Santa María no duda: «No me imagino grandes modificaciones en el Pasaje pero sí, en el entorno, porque necesita desarrollo comercial. Y para eso el Lanín va a servir».

  • Entre el cordero y el elefante: cómo el arte representó a Dios sin mostrarlo, según José Emilio Burucúa

    Entre el cordero y el elefante: cómo el arte representó a Dios sin mostrarlo, según José Emilio Burucúa

    Entre el cordero y el elefante: cómo el arte representó a Dios sin mostrarlo, según José Emilio Burucúa

    “Se recurre a los animales. No como ornamento, sino como forma de pensamiento”. La frase de José Emilio Burucúa, historiador del arte, doctor en Filosofía y Letras, funcionó como clave de lectura. Porque en la historia del arte sacro hay una escena fundante –y paradójica–: Dios no aparece. O, mejor, no puede aparecer. Y, sin embargo, hay que decirlo.El historiador José Emilio Burucúa ofreció una conferencia en la Bienal de Arte Sacro Contemporáneo. Foto: Martin Bonetto.En el salón de baile del Museo Nacional de Arte Decorativo, entre molduras y brillos antiguos del que fuera el palacio Errázuriz, el historiador propuso ese desplazamiento, incómodo y fértil: pensar a Dios sin rostro. Pensarlo, en cambio, a través de animales.La charla titulada «Entre el elefante y el cordero. Símbolos animales de Cristo» –presentada por la curadora María Pimentel de Lanusse en el marco de la XIV Bienal de Arte Sacro Contemporáneo– partió de un problema concreto: durante siglos, el arte evitó representar directamente a Dios. ¿Cómo hacer visible lo invisible?El recorrido comenzó con el pez. No solo por su antigüedad, también por su eficacia. “El pez es identidad protegida y expandida a la vez –precisó Burucúa–. Hay un acrónimo entre las letras del nombre de Cristo y la palabra pez en griego: Ichthys. Iēsous Christos, Theou Yios, Sōtēr. Jesucristo, Hijo de Dios, Salvador”.El pez aparece en las catacumbas –San Sebastián, Santa Domitila– como marca de pertenencia, pero su historia viene de antes. El historiador retrocedió y, en la pantalla, mostró el fresco egipcio de la tumba de Khabekhnet, donde el difunto parece transformarse en pez.“Ya había una asociación entre el pez y la vida eterna, con la salvación. El cristianismo la toma y la resignifica”, dijo.Y ahí apareció otra figura: el delfín. “¿Por qué los delfines? –preguntó el autor de Corderos y elefantes. La sacralidad y la risa en la modernidad clásica, mientras en la pantalla se vaían los delfines nadando en el Palacio de Knossos–. Se los identificaba con las almas y, por lo tanto, con la salvación. Incluso hay una base empírica: ayudan a los náufragos. Salvan vidas”.Palomas: la forma del espírituLa paloma apareció después, pero no como reemplazo sino como ampliación. Está en las catacumbas de San Calixto, en las de Domitila, en el Mausoleo de Gala Placidia. Viene del mundo clásico, donde se la asociaba a Afrodita, a lo divino, al alma, a la pureza. Su uso dialoga con tradiciones mucho más antiguas, donde ya aparecía vinculada a dioses y fuerzas superiores. En los mosaicos bizantinos, especialmente, la paloma se multiplica: no es solo un símbolo, es también una atmósfera, una forma de sugerir la presencia de lo sagrado sin necesidad de encarnarlo.“En el arte cristiano temprano, la paloma ya no es solo un animal –dijo Burucúa–. Es atmósfera. No representa una escena: construye un clima de sacralidad. Una manera de sugerir lo divino sin fijarlo”.El pelícano y el pavo real completan la constelación: el primero, figura del sacrificio; el segundo, de la incorruptibilidad.Pero el recorrido se vuelve más denso en los bestiarios medievales, en especial el Physiologus, donde los animales funcionan como alegorías morales y teológicas. “El pelícano es central –señaló Burucúa–. La leyenda dice que se hiere para alimentar a sus crías con su propia sangre”.La imagen impactó de lleno en la tradición cristiana. Agustín de Hipona (San Agustín) la retoma en su comentario al Salmo 101, donde describe al pelícano como figura de soledad, sacrificio y redención. “Me parezco al pelícano que habita en la soledad, y al búho, que vive entre ruinas. Estoy desvelado como pájaro sin pareja en el tejado”, dijo.Más tarde, Santo Tomás de Aquino la fija en el imaginario litúrgico en el himno Adoro te devote: “Pie Pellicane, Jesu Domine, me immundum munda tuo sanguine” (“Oh piadoso pelícano, Señor Jesús, límpiame a mí, impuro, con tu sangre; una sola gota puede salvar al mundo entero de todo pecado”).“Es una imagen extremadamente fuerte –comentó Burucúa–. Cristo como aquel que se desgarra para dar vida”. El pavo real, en cambio, introduce otra dimensión. “Se creía que su carne no se corrompía –explicó–. Eso lo convierte en símbolo de la vida eterna”.El historiador José Emilio Burucúa ofreció una conferencia en la Bienal de Arte Sacro Contemporáneo. Foto: Martin Bonetto.Burucúa se detuvo en el análisis de La ciudad de Dios (De civitate Dei contra paganos), escrita por San Agustín entre 412 y 426 d.C., donde describe esa supuesta incorruptibilidad con una precisión casi científica. “Es un texto extraordinario –afirmó–. Parece escrito por un naturalista moderno”.La carne del pavo real –se creía– no se corrompía. Esa cualidad lo convirtió en símbolo de la resurrección y la vida eterna. En mosaicos, sarcófagos y frescos –San Vitale, San Jenaro– el pavo real insiste. Repite, sin dramatismo, una idea contundente: la muerte no es el final.El símbolo“He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. La frase bíblica abre la escena y le da al cordero protagonismo. “El cordero es, probablemente, el símbolo más importante de Cristo. Porque deja de ser símbolo para convertirse en sustitución”, explicó.En el Apocalipsis: “Vi un Cordero como inmolado, que tenía siete cuernos y siete ojos…”. Burucúa no atenuó la extrañeza. “Es una figura imposible. Y por eso mismo, total. Tiene todos los atributos: sacrificio, poder, sabiduría”.En las imágenes, el cordero se independiza del Buen Pastor y ocupa el centro. “El cordero domina la escena. Es Cristo”, apuntó.El punto más alto es el Políptico del Cordero Místico, la obra maestra de Hubert y Jan van Eyck en la catedral de Gante. “Ahí el cordero sangra. Pero, al mismo tiempo, mira. Es una presencia”, pountualizó.Y, en el extremo opuesto, el Agnus Dei de Francisco de Zurbarán: la imagen reduce todo a lo esencial, un animal atado, silencioso. La conferencia podría haberse cerrado ahí. Pero no. El último giro llegó con el elefante, un animal menos habitual en el repertorio cristiano temprano, pero central en los relatos medievales.El historiador José Emilio Burucúa ofreció una conferencia en la Bienal de Arte Sacro Contemporáneo. Foto: Martin Bonetto.“Es el caso más extraordinario. Porque introduce relato”, comentó el autor de Historia natural y mítica de los elefantes (Ampersand, 2019), escrito en colaboración con Nicolás Kwiatkowski.“Desde la época de Aristóteles se pensaba que el elefante era religioso: entendían que, al elevar la trompa y barritar todas las mañanas, rendía homenaje al sol y a la luna –aportó–; y además advirtieron una serie de rituales funerarios. Por ejemplo, al morir una hembra de la manada, hay uno o dos días de lamento sobre el cadáver y luego lo tapan. Cuando vuelven a pasar por el lugar, quizás un año después, se detienen: hay una especie de memoria colectiva de la matriarca muerta”.Una fuente maravillosa es el Physiologus, donde culmina la descripción del elefante con un cuento en el que una pareja de elefantes cae en un pozo. Aparecen otros doce elefantes de la manada y tratan de sacarlos, pero no lo logran. Al tiempo aparece un elefante chico que, con su trompa, excava el hueco y les abre camino para salir. “La interpretación alegórica es que la pareja eran Adán y Eva, que caen en el pecado; los doce son los profetas de Israel; y el pequeño es Cristo, que finalmente logra salvarlos”, narró Burucúa.A partir del siglo XIII, los Gesta Romanorum eran historias utilizadas por los sacerdotes como temas de sus sermones, porque tenían una moraleja cristianizada. Allí se cuenta, por ejemplo, la historia de un rey cuyo reino era una enorme selva de poco uso por la presencia de un elefante al que todos temían. “Para reducirlo, los sabios de la corte le aconsejan que envíe a dos muchachas vírgenes desnudas al bosque –comentó–. Ellas entran y empiezan a cantar. El elefante aparece, las acaricia con la trompa y se duerme en el regazo de una de ellas. La otra, entonces, lo atraviesa con una espada, le corta la cabeza y juntan la sangre en un recipiente, con la que luego ungen al rey. La moraleja es que Eva es la joven que le corta la cabeza y María la que junta la sangre. Cristo es el elefante: entonces la sangre de Cristo convierte al rey en justo”.La escena, transmitida en sermones y manuscritos, funcionaba como un mecanismo de enseñanza. “Imaginen a un sacerdote en una aldea medieval contando esto. Era imposible olvidarlo”.El recorrido visual acompaña: capiteles románicos, manuscritos del Physiologus, el elefante esculpido en Notre-Dame por Eugène Viollet-le-Duc, xilografías como la de Michael Wolgemut. Incluso las rarezas: elefantes tricéfalos, criaturas híbridas.Burucúa contó que su favorita: la que aparece en la segunda parte del Imagini delli dei de gli antichi (Padua, 1615), de Vincenzo Cartari y Lorenzo Pignoria. Dioses con cabeza de elefante, cruces entre mitologías clásicas. “Estas imágenes no son puras –advirtió–. Son zonas de contacto. Uno rápidamente piensa en el dios hindú Ganesha (con cabeza de elefante y cuerpo humano)”.“Lo importante –dijo Burucúa– es que el elefante introduce algo que el cordero no tiene: relato. Historia. Tiempo”.El historiador José Emilio Burucúa ofreció una conferencia en la Bienal de Arte Sacro Contemporáneo. Foto: Martin Bonetto.Hacia el final, Burucúa introdujo una clave teórica apoyada en Romano Guardini: la distinción entre imagen hierofánica (la que manifiesta lo sagrado) e imagen antropofánica (la que lo representa). “Con los animales es posible pensar una imagen hierofánica. No representan: hacen presente”. No se trata de sustituir una imagen por otra, sino de operar en otro registro.Por eso, lejos de ser un estadio primitivo, este bestiario aparece como una de las soluciones más complejas del arte sacro. “En Cristo se refleja toda la creación. Y los animales permiten decir eso sin cerrarlo”. Entre peces y palomas, pelícanos y pavos reales, corderos y elefantes, el arte construyó un lenguaje. Un lenguaje que no muestra a Dios. Pero lo deja ver.

  • Silke y el arte textil argentino: de la posguerra europea al Museo Nacional de Bellas Artes

    Silke y el arte textil argentino: de la posguerra europea al Museo Nacional de Bellas Artes

    Silke y el arte textil argentino: de la posguerra europea al Museo Nacional de Bellas Artes

    Mientras su madre trabajaba, la pequeña Silke recogía los retazos de tela que caían al piso en la empresa de costura que había montado después de la Segunda Guerra Mundial, cuando su familia de origen austriaco se exilió a Alemania del norte, donde, como en casi toda Europa, no había hombres. «Estaban muertos, encarcelados o lisiados, por eso las mujeres se ocuparon de mantener la vida», relata la artista nacida en 1943.La artista Silke. Foto: Guillermo Rodríguez Adami. En ese momento, la moda vienesa era igual de importante que la de París, y dado que su madre tenía muy buen gusto y habilidad organizativa, comenzó a confeccionar piezas como camisas en lugar de blusas y prendas para una mujer moderna. El problema era que, mientras el negocio prosperaba, la falta de alimentos y el frío que debían pasar eran insoportables, por lo que quedarse no era una opción.Fue entonces cuando su padre, que había pasado un tiempo en nuestro país, recordó que aquí la comida abundaba. «No tuve un plato lleno hasta que subimos al barco», confiesa. Cuando llegaron a Argentina, aquella madre sostenedora se dispuso a empezar de cero, aunque la materia prima por entonces no era de buena calidad.Teñir y estamparSin embargo, para Silke fue una oportunidad, ya que descubrió que las telas se podían teñir y estampar. De esos primeros años, instalados en el barrio de Florida, recuerda cómo pasaron de la escasez a la abundancia. «La vida se abrió. Incluso pudimos empezar a ir a una escuela Waldorf y teníamos una institutriz y profesora que me mostró el arte, marcando el rumbo de mi vida».Cuando terminó el secundario, estudió diseño textil y sastrería en Múnich y Buenos Aires y trabajó en empresas industriales, entre ellas la fábrica textil de la madre de la coleccionista Marion Eppinger, que también era artista y había adquirido obras en su Budapest natal, donde fusionó su creatividad con la exigencia del campo laboral.Silke cosiendo. Foto: gentileza»Era todo muy chic y aprendí mucho, pero en un momento me aburrí. Entonces empezó la fusión entre mi arte y la tela. En 1965 tuve mi primera muestra en una agencia de Peugeot en Martínez, donde, entre mis cerámicas, dibujos y pinturas, incluí los textiles. La gente no entendía nada y me preguntaba porque no eran objetos útiles. El auge de la técnica que tanto me gustaba llegó décadas más tarde».En esos años, donde se destacaban las nuevas vanguardias, la estética que impulsaba Silke desentonaba. «Me criticaban porque usaba color y no abordaba temas fuertes o políticos, pero no me importaba. Me uní a otros colegas que, si bien venían de diferentes campos, desde el teatro hasta las Bellas Artes, se interesaban en el textil. Aun así, la mayoría se regía por lenguajes guiados por la abstracción y lo que se veía en la industria de la moda, por lo que también me resultaba complejo.» La artista asegura que jamás obedeció a las tendencias y que prefiere hablar de su trabajos como expresiones atemporales y no contemporáneas.A la par de esos primeros pasos en el mundo del arte, llegó la maternidad y el desamor, ya que Silke comparte que su primer marido no alentó su carrera. «Fue una época muy difícil, donde para preservar el matrimonio me quedé en casa con mis hijos, algo que creía era importante, pero también necesitaba hacer lo que me apasionaba».Su cuarto propioFrente a la limitación, encontró su «cuarto propio» y aprendió a crear con lo que tenía a disposición. Irónicamente, es tiempo de replanteo le dió la libertad que anhelaba. «Estábamos en un viaje familiar, donde en la Aduana tuve que llenar unos papeles. Cuando, bajo ocupación, puse que era ama de casa, mis hijos me miraron asombrados. Vos sos artista, me dijeron. Fue un momento de revelación».La artista Silke. Foto: Guillermo Rodríguez Adami. Silke logró acomodar su rumbo, en parte gracias a un libro que su amiga Beatriz Bongliani le regaló. «Cartas a una joven poeta» de Rainer Maria Rilke le ayudó a entender que uno no puede vivir sin hacer lo que le gusta. Así fue como de esa separación nacieron los cimientos que la consolidaron y gracias a los cuales comenzó una etapa de exploración entre los sentimientos y el color, la monumentalidad y la espiritualidad. Se abocó a estudiar de manera obsesiva antropologìa, cábala, astrología y religiones, en busca de las respuestas que le permitieran entender las visiones que había comenzado a tener.»Lo que me aparece ahí», dice mientras señala el aire, «son las imágenes que me entrega el universo y que vuelco en mis telas». Esas representaciones de lo espiritual la llevaron a desarrollar una intensa búsqueda para comprender preguntas básicas de la humanidad, de dónde venimos y hacia dónde vamos. Su material primordial es la seda, ya que, a diferencia de otros, tiene una cualidad casi transparente, que le permite transmitir esas visualizaciones de manera fiel.La artista afirma que las apariciones suceden porque su canal de comunicación está abierto, gracias a un entrenamiento de la creatividad que se gesta en una línea fina entre dar permiso y dejar que entren los mensajes sin forzar. «Nunca perdí mi cualidad creativa porque de chica fui estimulada y acompañada. En mi casa jamás me dijeron que no podía sino que frente a la duda, probara. El arte me dió todas las posibilidades y por eso creo que la gente lo consume. Porque te da una riqueza espiritual que no se puede comprar.»Otro elemento fundamental de su trabajo es la monumentalidad. Si la obra pide espacio, ella se las arregla para poder otorgarlo. «La obra más grande que hice tiene 7 metros de largo. La diseñe subiendo al techo de mi casa para armar la composición. Luego dibujé las líneas básicas a continúe el trabajo a máquina».Frente a la pregunta de si considera que es importante tener oficio para hacer arte, considera que es crucial aunque no excluyente. «Es importante tener conocimientos para plasmar lo que nos llega, sino las ideas se escapan. Mi búsqueda tiene que ver con hacer un trabajo duradero que le llegue a otros, no uno que se barra con la escoba.»Esoterismo y brujeríaPor último, dos temas claves para entender a Silke. Por un lado, un impulso de precursora accidental, que aparece con sucesos como cuando volcó en sus obras temas y figuras relacionados con sus estudios, que no fueron bien recibidos por percibirse cercanos al esoterismo y la brujería.»En los años 90 presenté obras dedicadas a los arcanos, que varios años más tarde llevé al Museo de Arte Decorativo. Entre una experiencia y la otra, la diferencia del público fue abismal. Mientras que la segunda vez las salas estaban repletas, antes me habían advertido que no hablara de eso. Desde los años 2000 se entiende a la astrología y al tarot desde otro lugar, porque lo espiritual es universal y nos toca a todos».»Traje arcano», de Silke. Foto: gentileza.Ella habla una y otra vez de su deseo por mostrarle al mundo su obra, que desde hace más de 30 años la recibe con los brazos abiertos. Con la astucia organizativa y un poder de autogestión heredados de su madre, recorrió Europa, América Latina y Asia promoviendo el arte textil argentino. «En 1993 tuve mi primera muestra en el museo textil más importante del mundo en Polonia, donde el director me dijo que éramos el tercer país más importante en cuanto a esta técnica. Estábamos pisando fuerte y se veía, incluso sin tener recursos ni nadie que nos ayudara».Silke es una potencia que, decidida a crear su propio rumbo, ya sea sola o de la mano con otros, ha logrado internacionalizar y potenciar el arte textil. Hoy reúne sus primeros 60 años de carrera en un libro monumental, donde «se jugó todo» para plasmar una vida de arte, que se presenta desde el 6 de abril en el Museo Nacional de Bellas Artes. «Me gusta hacer cosas para que perduren a lo largo del tiempo».

  • “Por La Boca, para redescubrir la belleza como valor a través del arte”

    “Por La Boca, para redescubrir la belleza como valor a través del arte”

    En una caminata liberadora de lo cotidiano, como alas que elevan el alma, permite a un observador sensible develar otros mundos posibles, donde la magia del encuentro, la calma y la belleza reinan.Así podemos revelar un Buenos Aires aún secreto, aún por descubrir y apreciar. Caminar por las calles de La Boca, y expandir los sentidos para conectar con su cultura e identidad, con sus costumbres y tradiciones, con su historia y presente. Qué bueno y significativo resulta para ese barrio dar prioridad al proceso de restaurar y revalorar el arte expresado en los murales de las paredes exteriores de la cancha de Boca, sobre la calle Brandsen.El arte es expresión, se funde con el fútbol y es fundamental para las sociedades actuales, para nuestra sociedad, redescubrir la belleza como valor a través del arte. Encontrar en el arte esa fuente que inspira y anima para continuar. El arte es creación y sentimiento, es historia y presente de expresiones de la cultura, es identidad y memoria; es comunicación, cohesión social y desarrollo humano. Se convierte en una herramienta fundamental para expresar realidades sociales y culturales permitiendo que diferentes generaciones y grupos encuentren puntos de encuentro y diálogo.Además, el arte trasciende el tiempo ya que, a través de las expresiones artísticas diversas, la sociedad puede mirar hacia su pasado, analizar su presente y proyectar un mejor futuro. El arte posibilita la contemplación del valor sublime de la belleza, permite transmitir pensamientos, emociones y experiencias, facilitando la conexión entre individuos y grupos; el arte mantiene viva la identidad de los pueblos a través del tiempo, crea conciencia sobre temas sociales y transformar espacios, sirviendo de catalizador para la mejora social.Esa quieta luz que sigue brillando en el camino, como rayos de esperanzas y alegrías. Precedidos por sueños, despertamos y seguimos caminando, ahora, es tiempo de vivir.Damián Pablo Ballester / dpballester@hotmail.comDe Adorni, y “la pobreza que dejó el kirchnerismo”Es notable como salieron personajes kirchneristas como Cristina, Parrilli, Alberto Fernández, Grabois, etc., a dar clases de moral y decencia en el caso Adorni.Más allá de su culpabilidad, que será juzgado por la Justicia, hay un evidente “carpetazo” contra Adorni y por elevación contra el presidente Milei. Si hablamos de Adorni no hablamos de Cristina, del tema Cuadernos, de la corrupción ni del tratado con Irán. Resulta hasta ridículo opinar sobre cuántos metros cuadrados tiene el departamento de Adorni, tratando de juzgarlo antes que la Justicia, con evidente propósito político.La realidad es que la pobreza del kirchnerismo del 52,9% bajó a 28,2% con el actual Gobierno, este es el verdadero problema político, el problema no es Adorni, el problema es Milei.José Mario Lenczner / jomalen@hotmail.comSe nota que el señor jefe de Gabinete de Ministros, Manuel Adorni, está empantanado en un lodazal que lo enchastra hasta la coronilla. Al no querer adoptar una medida que posibilite su salida del Gobierno con honorabilidad y evitar males mayores, persiste en el error.Debería en principio agradecer al Superior por las designaciones que recayeran sobre su persona. Pero una renuncia de carácter indeclinable aportaría algo de aire a la Administración Nacional, y descomprimiría su propia intranquilidad por la serie de acusaciones que se le apuntan. Comprenderá que los hombres inteligentes y con cordura, no deben involucrar al resto del Gabinete. Un paso al costado tiene algo de reparador.Aun fuera de la política, la vida continúa y ofrece caminos para recuperarse de este momento aciago.Guillermo Luis Bravo / guillermoluisbravo@yahoo.com.arLos dichos de una diputada sobre «Checoslovaquia»La diputada de La Libertad Avanza, Juliana Santillán, actual titular de la comisión de Relaciones Exteriores y Culto de la Cámara de Diputados, participó el lunes pasado de un cóctel junto a diplomáticos en la residencia de la Unión Europea, afirmando haberse reunido con el embajador de Checoslovaquia, país que dejó de existir hace más de tres décadas.Ignorancia supina es una expresión que se usa para describir una falta de conocimiento muy grande, evidente y casi vergonzosa, especialmente cuando se trata de algo que debería saberse. ¿Le cabrá el sayo a la legisladora?Ocupar un cargo sin las condiciones exigidas constituye corrupción. Con el mayor de los respetos, ¿ya presentó la renuncia, al menos, a dicha Comisión?Roberto A. Meneghini / dr.meneghini@hotmail.comLos “verdaderos revolucionarios”Meditando, en estos días, sobre revoluciones y revolucionarios, llegué a una conclusión que creo es la más valedera y justa.Los verdaderos revolucionarios, cuyo éxito beneficia realmente al país, son los que trabajan y colaboran con las ONG como “Volando Alto” (Concordia, Entre Ríos) y muchas otras. Porque trabajan con mucho amor y sin rencores en bien de la comunidad. Brindan, a quienes más necesitan y menos tienen, educación, les procuran alimentos, cuidan su salud y los capacitan para el trabajo, a fin de que logren vivir dignamente.Todo esto debería realizarlo el Gobierno, pero los economistas sólo entienden de dinero, acciones y evasión de impuestos. Lo demás es cartón pintado.Adolfo Ortiz / adolfoortiz27@yahoo.com.ar

  • Colección Helft: la historia del coleccionismo que impulsó el arte contemporáneo argentino

    Colección Helft: la historia del coleccionismo que impulsó el arte contemporáneo argentino

    Colección Helft: la historia del coleccionismo que impulsó el arte contemporáneo argentino

    Más que una muestra, Colección Helft, inaugurada recientemente en W-galería, es una narrativa viva que testimonia el valor del coleccionismo inteligente y sensible. Marion Eppinger y Jorge Helft se conocieron en el colegio secundario y se casaron en 1955. Durante la siguiente década recibieron a sus tres hijos y vivieron en Europa y Estados Unidos, hasta que en 1968 regresaron a Argentina, donde descubrieron con fascinación la escena cultural de una ciudad encendida.Marion Eppinger y Jorge Helft se conocieron en el colegio secundario y se casaron en 1955. Archivo Clarín.Guiados por su visión, la pareja creó una metodología estrecha y personal a la hora de adquirir obras, además de ocupar roles cercanos a la gestión cultural, inexistente por entonces. Esta exposición, por lo pronto, es una historia de intuición y valor.Con un escaso conocimiento del arte local, los Helft decidieron empezar de cero, frecuentando talleres y forjando amistad con artistas como Líbero Badíi entre tantos otros, que además empezaban a ir al departamento familiar de Palermo.Mientras las salidas de los fines de semana giraban en torno a visitas a espacios y galerías de arte, sus ojos comenzaban a abrirse hasta que en una visita al Instituto Di Tella, les llamó la atención un móvil de Julio Le Parc que adquirieron por 300 dólares. Esa fue la base fundante.Tanto Marion como Jorge habían nacido en Europa y venían de familias que encontraron en Argentina un nuevo hogar después de la Segunda Guerra Mundial y que estaban estrechamente vinculadas al coleccionismo, en especial el padre de Helft, por lo que vivir con arte no les era ajeno.Sin opiniones ajenasLo particular de su experiencia era la escena en la cual estaban inmersos, donde la gente no compraba arte contemporáneo, lo que les dio la ventaja para construir su legado sin opiniones ajenas ni el arrebato de las modas.Obras de Alberto Heredia y Antonio Berni en Colección Helft en W—galería. Foto: gentileza.El catálogo que acompaña la exposición comienza con un texto de Nicolás Helft, uno de los hijos de la pareja, que confiesa que el arte le dio a su papá la posibilidad de salir de una vida gris y de oficina para encontrar su verdadero motor, que llenó la cotidianeidad de proyectos y posibilidades en una Buenos Aires que «le generaba un estado de exaltación».Lentamente, empezó la convivencia con obras poco convencionales, que se salían de las paredes e invitaban al debate. Los Helft atesoraban lo que la mayoría no entendía, donde resonaban lo erótico, lo grotesco y la densidad de la mano de artistas que se arriesgaban contra todo pronóstico, desde Victor Grippo hasta Alberto Heredia, a quien Marion adoraba.Atenta y sabia, es quien representa hoy al dúo que, si bien se divorció en 1996, no separó la colección, mientras que la presencia de Jorge, que falleció hace exactamente un año, se percibe en cada rincón. Eppinger explica que, cuando en los años 80 decidieron mudarse de Palermo a San Telmo, fue con el objetivo de «ganar metros» y diseñar un edificio sobre la calle Defensa, que pasó a conocerse como «enfrente» ya que hacía espejo con el nuevo hogar.Desembarcar en el barrio más antiguo de Buenos Aires, que por entonces era ignorado por la mayoría de los porteños, debe de haber sido un contraste fascinante, en un momento donde la historia se debatía con el surgimiento del under.Unos años antes habían inaugurado la legendaria Fundación San Telmo, donde desde 1980 organizaron muestras, conciertos y editaron catálogos, transformándola en un referente para una nueva generación, así como para los amigos de siempre.Por allí pasaron desde Liliana Porter hasta Antonio Berni y Guillermo Kuitca, que con apenas 19 años tuvo la oportunidad de presentar una de sus primeras exposiciones, costeada con la compra de obras por parte de los Helft.Con respecto a ese salto territorial, en el catálogo se aclara: «Lo cierto es que esta elección “excéntrica” expandió el movimiento que venía sucediendo desde el centro-norte de la ciudad hacia el eje sur, históricamente más postergado. La movida cultural se enraizó en esta nueva geografía y confirmó la agudeza de Jorge y Marion para interpretar su tiempo».El circuito del arte, que por entonces era precario y no sostenía la economía de los artistas, hizo de la Fundación un oasis donde practicaron el rol de «administradores culturales», un término acuñado por Jorge, al darle oportunidades a artistas, curadores e incluso acercaron a la gente a las expresiones culturales del momento.Obras de Juan Carlos Distéfano y Jorge de la Vega en Colección Helft en W—galería. Foto: gentileza.Por medio de sus acciones e incluso de la propia colección, fomentaron la internacionalización del arte argentino, colocándolo a la par de referentes como Marcel Duchamp o Louise Bourgeois, que también adquirieron en estrecho diálogo.Una corporalidad potenteDesperdigadas entre salas y espacios secundarios, el cuerpo de obras seleccionadas por Jimena Ferreiro, junto a la familia Helft y el equipo de W, despliega una corporalidad potente y exige ser abordado con atención.Las lenguas y figuras danzantes de Heredia conviven con el narciso de Pablo Suárez, una pieza icónica de Rubén Santanonín y una obra de Víctor Grippo, que en su momento invitó a la crítica, cuando decían que Jorge había enloquecido al comprar «un pan quemado» por 500 dólares.En el primer piso, se hacen presentes las «Bocanadas» de Graciela Sacco, las siluetas de Ana Mendieta, una obra de 1964 de Marta Minujín, que se mira con un Niki de Saint Phalle y una escultura en resina de Juan Carlos Distéfano, que recuerda a las pinturas de desnudos de Prilidiano Pueyrredón. Un tanto kitsch y otro poco sexy, todas están unidas por el hilo rojo que los Helft tejieron durante tanto tiempo.»Narciso de Mataderos» (1984), de Pablo Suárez en Colección Helft en W—galería. Foto: gentileza.Colección Helft permite comprender la relevancia de una forma de coleccionismo que no abunda, donde el valor simbólico supera al económico y la necesidad por la opulencia y la urgencia quedan de lado. Marion y Jorge crearon algo irrepetible, al sumergirse entre la vanguardia y el under floreciente, entendiendo la relevancia del arte argentino antes que la mayoría, hasta convertirse en figuras claves de una época que ya no existe.Colección Helft en W—galería (Defensa 1369), de martes a sábado de 12 a 18, hasta el 13 de junio, con entrada gratis.

  • El viaje introspectivo de un gran editor: del diagnóstico al arte de mirar y leer, siempre leer

    El viaje introspectivo de un gran editor: del diagnóstico al arte de mirar y leer, siempre leer

    El viaje introspectivo de un gran editor: del diagnóstico al arte de mirar y leer, siempre leer

    Medrano, Lezica, Acuña de Figueroa, Gianantonio (ex Peluffo) conforman una imaginaria y mítica manzana de Almagro donde el editor Fernando Fagnani ha paseado y pasea con ojos más que curiosos. La suya es una mirada analítica, casi detectivesca, también romántica y hasta crítica. Sus sentidos arman un recorrido, construyen y reconstruyen caminos y atajos por los que anduvo un niño, un adolescente inquieto, un hombre que se fue construyendo hasta llegar al adulto que enfrenta una enfermedad y se vuelve un paciente que también es una reflexión andante.Fernando Fagnani es editor de Edhasa.
    Foto: Juano Tesone El autor cuenta en el libro Ventana magnética (Edhasa) lo que pasó siendo alguien que, a través del hostil mundo de la medicina, descubre y soporta la presencia de un tumor. Esa invasión corporal llamada cáncer. En ese laberinto entró y de allí salió como solo se puede salir de ese encierro: por arriba.“Siempre fui de caminar mucho, pero no de la manera en que lo hacía en ese momento, más como una mirada de cartógrafo, siempre miré así los edificios, la arquitectura”. Fagnani es un editor experimentado que hoy dirige Edhasa, casa que publica libros fundamentales de autores necesarios para entender el mundo y viajar a través de sus ficciones, muchas de ellas notables.Desde que se enteró de que tenía un pasajero indeseado, un okupa agresivo cambió su percepción: el mundo le ofreció oportunidades para mirar y también para incomodar. “Tenía mucha necesidad de mirar afuera, hacia el fondo. No solo físicamente, sino mentalmente. Para mí, mirar es como leer”. Después de escuchar el diagnóstico que lo señalaba como enfermo de cáncer, Fagnani comenzó un derrotero por consultorios, clínicas y centros de estudios. También ellos se volvieron objeto de su mirada analítica.Fagnani es un editor profesional, uno de los grandes que dejan huella en dos siglos. Sabe lo que significa leer entodos los sentidos posibles. “Leés en diagonal y a veces con mucha intensidad y en ese momento, en esos meses yo leía con mucha intensidad. Estuve y estoy todo el tiempo buscando algún sentido a las cosas”, dice Fagnani una de las útlimas tardes de verano en una oficina donde la madera ocupa la mayor parte del entorno y donde las cúpulas de la ciudad se meten elegantemente por las ventanas. Un matiz importante: habla en pasado del tiempo que convivió con un tumor, un cáncer al que logró aislar y ahuyentar.–¿Por qué decís en tu libro afirmás que el cáncer es “narrativamente mísero”?–Porque está saturado de protocolos y tiene muy poca potencia metafórica. A diferencia del sida o la tuberculosis, que generaron imaginarios fuertes, el cáncer es más difícil de narrar. Es, en realidad, un conjunto de enfermedades distintas, con tratamientos distintos. Y además está asociado a la quietud: la quimioterapia, la espera, el cuerpo inmóvil. Si lo comparo con el sida, que tiene una carga simbólica potente –la idea del virus atacando el sistema inmunológico, casi de ciencia ficción–, el cáncer resulta más opaco. Incluso en la ficción aparece menos. Hay melodramas, sí, pero cuesta encontrar relatos que lo vuelvan narrativamente fértil.Foucault entre los autores que leyó Fagnani.
    AFP PHOTO MICHELE BANCILHON –En tu libro aparece mucho la lectura como experiencia cambiante. ¿Cuánto cambiaron tus gustos a lo largo de los años?–No cambian tanto los gustos como las necesidades. Leo de manera anárquica: ensayo, historia, novelas, según el momento. Cuando viajo elijo libros para llevar y termino leyendo otros que aparecen en el camino. Me interesa ese desvío, ese encuentro inesperado. Leo a Michel Foucault, a W. G. Sebald, a Claudio Magris sin pensar demasiado en las fronteras entre ficción y ensayo. Me gusta que un libro me lleve a un lugar que no había previsto.–Hablás de la lectura como experiencia cambiante. ¿Se modificaron tus gustos en este último tiempo?–No cambian tanto los gustos como las necesidades. Leo de manera anárquica: ensayo, historia, novelas, según el momento. En los viajes me pasa algo curioso: llevo libros y termino leyendo otros. Me interesa ese desvío, ese encuentro inesperado. Leo a Michel Foucault, a W. G. Sebald, a Claudio Magris sin pensar demasiado en las fronteras entre ficción y ensayo. Me gusta que un libro me lleve a un lugar que no había previsto.Susan Sontag, autora de La enfermedad y sus metáforas.
    Foto: Jens-Ulrich Koch / AFP–Tuviste un reencuentro crítico con Susan Sontag. ¿Qué pasó?–La leí de joven y me deslumbró. Tiene una capacidad de convicción enorme. Pero al releer La enfermedad y sus metáforas encontré problemas. Me resultó forzada la comparación entre tuberculosis y cáncer y su rechazo al lenguaje militar. Las metáforas bélicas atraviesan toda la cultura, más aún en siglos donde la guerra era cotidiana. Además, Sontag usa personajes literarios para hablar de la tuberculosis y casos reales para el cáncer, algo que contradice su propia crítica. Y cuando cuenta su experiencia personal –en El sida y sus metáforas– aparece una épica: médicos que la desahucian, viajes, la curación. Esa narrativa es, en sí misma, profundamente “militar”. Me sorprende que no haya integrado esa dimensión en su reflexión inicial. No por obligación autobiográfica, sino por coherencia intelectual.–Caminando por Almagro te encontraste con un hotel misterioso que te hizo viajar en el tiempo… En tu familia los hoteles están ligados a la felicidad. ¿A vos qué te generan?–Para mí son un paréntesis incómodo. Los asocio más al trabajo y a cierta ansiedad que al descanso. Llego, todo está perfecto, pero si no tengo algo que hacer, me quiero ir. No es un espacio en el que me sienta propio. En cambio, para mi padre y mi abuelo eran lugares de libertad. Mi abuelo, viajante, repetía hoteles y rutinas: ahí encontraba una familiaridad casi doméstica. Mi padre, que vino de Zárate a Buenos Aires, también los vivía como emancipación.–Después de atravesar una enfermedad, ¿qué empezaste a ver en los hospitales?–Me obsesioné con su arquitectura. Son espacios decisivos: ahí se juega la vida y la muerte, pero casi no hay reflexión sobre su dimensión simbólica. Cuando me atendí en el Instituto Fleming empecé a observar todo: colores, luces, materiales. Nada es casual. Hay magentas, amarillos, luces giratorias, decisiones que buscan intervenir en el ánimo del paciente. Incluso las camas: originalmente eran de madera, para evitar la frialdad del metal.Arquitectura pálida de las instituciones médicas.
    Foto: Luciano Thieberger
    –¿Qué conclusión sacaste de esa observación?–Que hay dos espacios donde todo debería estar pensado al detalle: la escuela y el hospital. Uno forma, el otro te enfrenta a un límite. Antes ese límite estaba en la iglesia; hoy está en el hospital. Por eso, humanizarlos es clave. Y el arte cumple un papel central: introduce sentido, rompe la lógica puramente funcional. Aunque, como me pasó de chico en una escuela museo, a veces uno convive con ese arte sin siquiera advertirlo. Pero está ahí, operando.–Decías que el arte puede humanizar los hospitales. ¿Cómo lo viste en la práctica?–Es muy evidente. En el Instituto Fleming hay muchos cuadros: óleos, acrílicos. Levantás la cabeza y ves una imagen; después, un médico de guardapolvo blanco. Esa escena no es lo mismo que una pared blanca. El arte introduce otra atmósfera, una pausa. Incluso las luces –esas que parecen de discoteca– funcionan como un elemento extraño que rompe la lógica hospitalaria. Todo eso humaniza.Fernando Fagnani: escritor, editor y obsesivo de los detalles y las formas.
    Foto: Fernando Fagnani
    Foto: Juano Tesone
    –¿Cuánto te cambió atravesar la enfermedad?–Me cambió la percepción del tiempo, que es decir todo. No es que antes creyera que era inmortal, pero la finitud estaba afuera. Ahora está adentro. Y eso reordena todo, aunque no siempre pueda precisar cómo. La muerte deja de ser una abstracción: entra en la vida cotidiana, en los otros. Porque aunque a vos te vaya bien, ves que a otros con lo mismo no. Para el paciente, sin embargo, hay momentos en que eso queda en segundo plano: el tratamiento absorbe todo, y cuando no, tratás de pensar en otra cosa.–En el libro aparecen sueños muy intensos. ¿Qué lugar ocuparon?–Siempre soñé mucho, pero en ese período los sueños eran más opacos, más difíciles de interpretar. Me impactaban, pero no podía leerlos. Era raro: de noche aparecían escenas cargadas de sentido y, sin embargo, ininteligibles. Como si la experiencia excediera cualquier traducción.Ventana magnética.
    Fernando Fagnani.
    Editorial Edhasa–A eso se sumó la muerte de tu padre.–Sí, y fue todo muy confuso. Ocurrió justo después de mi primera quimioterapia. No sabía si tenía que pensar en mí, en él, hacer un duelo u otro. Todo se superponía. Durante el día podía sostener cierta normalidad, trabajar, distraerme. Pero la noche era más difícil. Ahí todo volvía.–Bien. Físicamente, con controles cada tres meses. Los días previos a cada estudio son más inquietos, pero después me olvido. Mentalmente, más tranquilo. También con una sensación nueva: la de no ser imprescindible. No en un sentido negativo, sino como una forma de alivio.–Elegís decir “tumor” y no “cáncer”. ¿Por qué?–Porque “tumor” sugiere algo acotado, encapsulado. “Cáncer” tiene un peso distinto, remite a la diseminación. Incluso en las recetas médicas, leer la palabra “cáncer” era un golpe. Decir “tuve un tumor” me resulta más manejable. Y hablo en pasado: objetivamente hoy no está. Transité este momento de manera bastante silenciosa. Hay gente que necesita hablar, compartir; a mí no me pasó eso. También porque el malestar es difícil de narrar una vez que pasa. Como el dolor: en el momento es absoluto, después se vuelve difuso. Creo que, si uno quisiera escribirlo, tendría que ser desde otro registro, no realista. Un diario más libre, incluso delirante, que capture no solo lo físico sino la imaginación que se activa alrededor del cuerpo.Fernando Fagnani
    Foto: Juano Tesone–¿Hubo momentos de incertidumbre fuerte?–Sí. Cuando el médico me dijo que, si el tratamiento no funcionaba, habría que probar otra cosa. Ahí aparece la posibilidad del fracaso. Es una “crudeza empática”: te dicen la verdad sin crueldad innecesaria, pero sin suavizarla. Y eso te enfrenta a algo que preferirías no pensar, pero que está ahí.

  • Yael Frankel, ilustradora y escritora, recorre las claves del arte de narrar para chicos

    Yael Frankel, ilustradora y escritora, recorre las claves del arte de narrar para chicos

    Yael Frankel, ilustradora y escritora, recorre las claves del arte de narrar para chicos

    Durante casi tres décadas, la ilustradora y escritora Yael Frankel construyó un vínculo íntimo con la literatura infantil que nació en la experiencia de leerles a sus hijos y se transformó en una forma de mirar, elegir y crear libros. En Pequeños lectores (Gris Tormenta), ese recorrido se vuelve reflexión: una indagación sobre el valor de las imágenes, la potencia de las historias y el modo en que la lectura atraviesa la vida cotidiana.La ilustradora Yael Frankel. Archivo Clarín.En diálogo con Clarín, Frankel retoma ese camino personal para pensar qué hace especial a un libro para chicos y cómo se forma una lectora –incluso cuando ese encuentro ocurre en la adultez.A lo largo de la entrevista, la autora desarma la idea de un método único y revela un proceso creativo atravesado por lo azaroso y lo íntimo: historias que aparecen nadando, en una fobia o en una conversación entre amigos. También reflexiona sobre la construcción de personajes, la importancia de sostener contradicciones para volverlos verosímiles y su involucramiento en cada etapa de producción del libro. Entre recuerdos de infancia, lecturas actuales y experiencias editoriales –como su trabajo para China–, Frankel propone una mirada lúcida sobre la literatura infantil y su vínculo con los lectores de todas las edades.–¿De qué manera elegís qué historias contar?–Depende mucho de cada historia, la última que hice, que todavía no salió, se me ocurrió mientras nadaba; de hecho, es de una mujer que está nadando. Hay otra que publicó también Limonero, que tiene que ver con una fobia mía. No sigo ninguna regla, no siempre se me ocurren de la misma manera; otra vez fue por un intercambio entre tres amigos que nos íbamos contestando hasta que uno contestó algo que yo dije, acá hay un cuento, algo para contar. Depende mucho el contexto.–¿Cómo es el reencuentro con la niña lectora que fuiste?–No fui una niña muy lectora pero soy una adulta muy lectora. Hay un encuentro hermosísimo con la lectora ávida que soy hoy, van muy de la mano el ser lectora adulta y ser autora.–En el libro decís que siempre amaste los libros para chicos, ¿por qué?, ¿qué tienen de especiales?–A mis hijos les empecé a leer desde muy chiquitos y en ese momento no existía como ahora esto de promover la lectura casi desde adentro de la panza. Fue muy intuitivo leerles muy de bebés, amaba toda esa tarea de entrar a la librería, ir a la parte infantil, mirar los libros. Al principio me llamaban la atención casi exclusivamente por las ilustraciones, casi que ni me importaba la historia y hoy te diría que es un poco al revés: los leo antes de comprarlos para mí porque mis hijos ya son muy grandes, pero me los compro para mí.–¿Cómo construís a tus personajes? Decís que desde sus contradicciones porque eso les da humanidad–Construir personajes es una de las cosas más complejas que tienen los cuentos, las historias, porque vos querés que tus personajes sean creíbles, queribles, los querés querer; al menos me pasa eso a mí y quiero que sean humanos en el sentido de la verosimilitud, que se contradigan, que tengan cosas buenas y malas, que no sean de un solo partido, por llamarlo de alguna manera, que haya grises entre ellos, que pasen cosas complejas, como en la vida.–Seguís todas las etapas de producción de tus libros, ¿podes contarnos?–Sigo las etapas de los libros porque me importa mucho qué es lo que va a pasar una vez que lo entrego ya completo: en qué papel se va a imprimir, cómo va a ser la tapa y la contratapa, qué va a decir en la contratapa porque como lectora adulta le creo muy poco a las contratapas entonces trato de no caer en esos clichés que se usan mucho en las contratapas de los libros para adultos de poner alguna frase o algún gancho que haga que tengas ganas de leer el libro.–¿Cómo fue cuando te encargaron un libro para China?–Me llamaron los chinos para decirme ‘queremos tener un libro tuyo, tenés toda la libertad del mundo en cuanto a tema, cantidad de páginas, formato’. Me puse recontenta, después un poquito menos porque hubiera preferido tener algunas indicaciones que me iban a facilitar de dónde agarrarme pero no las hubo así que me puse a dibujar, como casi siempre, que dibujo y veo si en los dibujos encuentro alguna historia. En este primer dibujo hice una nena que estaba cazando mariposas y entonces se me ocurrió que ese día en la escuela, la maestra les había preguntado a los chicos una pregunta que los adultos les hacemos bastante seguido que es: ‘qué quieren ser cuando sean grandes’ y pensé que esta nena, con cada vuelta de página iba a cambiar de parecer, como que se iba a arrepentir e iba a decir ‘nonono, mejor prefiero…’. Entonces iba a estar a lo largo de todo el libro contándoles a sus compañeros y a su maestra qué es lo que quería ser cuando fuera grande.–¿Qué leías de chica y qué lees ahora?–Cuando era chica no leía mucho: en mi casa tampoco había una gran biblioteca, era la típica biblioteca de clase media con muchas enciclopedias que no me interesaban para nada. Sí tenía un abuelo escritor, José Rabinovich, que tuvo una producción muy grande entonces teníamos muchos libros suyos y también había muchos libros de mi papá que era médico entonces no era una biblioteca muy interesante para mí. Yo me hice lectora cuando fui adulta. Ahora leo mucha ficción hasta que descubrí el ensayo también que me gusta mucho pero lo que más leo es novela de ficción.–¿Tus hijos siguen leyendo?–Mis hijos siguen leyendo, cada uno con sus gustos. Tengo un hijo que es matemático y es súper creativo y elige sus lecturas acorde a sus intereses y una hija que es comunicadora social y que me pide a mí que le aconseje, que le recomiende lecturas y también se guía mucho por lo que eligen sus amigas, sus pares.–¿Crées que la lectura transforma al mundo?–Lo primero que te diría es que la lectura entretiene, en todo caso puede llegar a transformar tu día, tu semana, el tiempo que te lleve leer el libro, puede llegar a transformar una idea que tenías y que el libro te la cambió, pero el mundo, es mucho.Yael Frankel es autora de Pequeños lectores (Gris tormenta). Foto: redes sociales.–¿Qué tiene de diferente la literatura infantil a la de adultos?–En principio diría que el tipo de lenguaje no es el mismo, no le voy a contar la misma historia a un adulto y a un nene con el mismo lenguaje, voy a tratar de llevarlo a dos lenguajes diferentes. Por algo el libro álbum tiene ilustraciones y la gran mayoría de literatura para adultos, no. Me encantaría que eso pueda cambiar, de hecho creo que mis últimos libros ya ni siquiera son para niños pero como tienen ilustraciones, muchas veces se confunde. Creo que los adultos disfrutan y disfrutarían muchísimo de los libros álbumes.Yael Frankel básicoNació en Buenos Aires, en 1967. Es escritora e ilustradora. Estudió diseño gráfico en la Universidad de Belgrano y después trabajó haciendo empaques de juegos para niños.Durante la mayor parte de su carrera como ilustradora se ha dedicado a la literatura infantil, y especialmente a los libros álbum.Por su capacidad de contar historias en ese soporte, donde cualquier variante en los materiales tiene la capacidad de producir un efecto que determina el conjunto de la narración, se ha convertido en una de las más importantes del gremio en América Latina.Pequeños lectores es su primer libro hecho exclusivamente de palabras.Pequeños lectores, de Yael Frankel (Gris tormenta).