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  • ¿Hasta cuándo creeremos el eco de nuestras propias burbujas?

    ¿Hasta cuándo creeremos el eco de nuestras propias burbujas?

    ¿Hasta cuándo creeremos el eco de nuestras propias burbujas?

    Por ahora, la moderación se aplaude. Pero los extremos siguen marcando la conversación política.

    Por arq. Marcos Di Giuseppe*
    En una entrevista con Roger Errera, realizada en 1973 y difundida en 1974, Hannah Arendt sostuvo una idea que conserva una inquietante actualidad: «Si todo el mundo te miente siempre, la consecuencia no es que creas las mentiras, sino que ya nadie cree en nada». Y agregaba que un pueblo que ya no puede creer en nada pierde no solo su capacidad de actuar, sino también su capacidad de pensar y de juzgar.
    Medio siglo después, esa advertencia permite leer un rasgo incómodo de nuestro presente. Ya no hace falta un aparato totalitario para que cada uno termine viviendo dentro de una realidad parcial. Alcanza con un algoritmo que nos devuelva, multiplicado, aquello que ya pensábamos.
    Cada uno puede habitar su propia burbuja: elegir los hechos que confirman sus ideas, descartar los que las contradicen y encontrar siempre un enemigo al que atribuirle la responsabilidad.
    El problema no es solamente que circulen mentiras. Es algo más profundo: que dejemos de compartir un mundo común sobre el cual discutir.
    La política de los extremos se alimenta de esa fragmentación. Necesita adversarios absolutos, divisiones permanentes y un “nosotros contra ellos” que no admita puentes. Así, el sesgo, la simplificación y hasta la falsedad dejan de ser anomalías del debate público y comienzan a formar parte de la realidad que cada grupo consume.
    Y ahí aparece el riesgo señalado por Arendt: un ciudadano que ya no sabe qué creer puede terminar convencido de que nada merece ser creído. Y cuando todo parece relativo, también se debilita la capacidad de pensar, juzgar y decidir.
    Por eso conviene desconfiar de otro consuelo frecuente: que la moderación, al fin y al cabo, es mayoría. Puede serlo, pero eso no alcanza.
    La moderación suele ser valorada en las encuestas y en los discursos de ocasión, mientras que los extremos tienen una ventaja evidente para ocupar la conversación pública. Tienen intensidad, consignas, identidad y dispuesta militancia.
    El desafío, entonces, no es simplemente ubicarse en el medio, como quien busca una cómoda posición entre dos extremos.
    Se trata de salir por arriba.
    Salir por arriba significa construir una política capaz de superar las antinomias sin negar las diferencias. Significa diseñar reglas, instituciones y prácticas que hagan más costosa la arbitrariedad que el acuerdo; que premien la cooperación y hagan menos rentable la confrontación permanente.
    No se trata de pedirle a nadie que renuncie a sus convicciones. Se trata de aceptar un piso común: hechos verificables, procedimientos transparentes, instituciones que funcionen y resultados que puedan medirse.
    También vale para la política local.
    Una ciudad no se gobierna desde una burbuja. Se gobierna con diagnósticos honestos, información pública, prioridades claras y decisiones de las que alguien pueda hacerse responsable. Y, sobre todo, entendiendo que los problemas concretos obligan a encontrarse: el agua, la vivienda, el empleo, la educación, la infraestructura o el desarrollo productivo no preguntan de qué lado de una grieta está cada vecino.
    Cuando la política vuelve a medirse por lo que efectivamente consigue, el relato pierde parte de su poder. No porque los hechos hablen solos, sino porque permiten contrastar lo que se dice con lo que realmente sucede.
    Entonces ¿hasta cuándo creeremos el eco de nuestras propias burbujas?
    Quizás el primer paso, sea preguntarnos honestamente, cuanto de lo que creemos y repetimos, es realmente nuestro y cuanto es apenas el eco que ella misma nos devuelve.
    La respuesta no puede ser creerlo todo ni desconfiar de todo. Es recuperar la posibilidad de distinguir. Distinguir hechos de relatos. Diferencias de enemigos. Convicciones de fanatismos. Crítica de destrucción. Política de propaganda.
    Y volver a construir, desde ahí, algo que ninguna burbuja puede ofrecer por sí sola: un mundo común sobre el cual podamos discutir, disentir y, finalmente, decidir juntos.
     (*) Presidente del Ente Autárquico Puerto Concepción del Uruguaye integrante del Ateneo Crisólogo Larralde.