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  • La ganadería podría producir 1.336 millones de dólares más por año con dos decisiones clave

    La ganadería podría producir 1.336 millones de dólares más por año con dos decisiones clave

    La ganadería podría producir 1.336 millones de dólares más por año con dos decisiones clave

    En la discusión histórica sobre cómo aumentar la producción de carne en la Argentina, muchas veces se pone el foco en sumar vacas, expandir superficie o incrementar el peso de faena. Eso no está mal, pero hay dos indicadores que explican gran parte del problema (y de la solución) y que siguen estando por debajo de su potencial: el índice de preñez y el índice de destete de los rodeos comerciales. Hoy, el índice de preñez del rodeo nacional ronda el 84 %, mientras que el índice de destete efectivo, es decir, los terneros logrados sobre las vacas entoradas, se ubica por debajo, afectado por pérdidas gestacionales y mortandad al parto y al pie de la madre.La cuenta es sencilla y contundente: cada punto porcentual que sube la preñez es un ternero más cada 100 vacas. En un rodeo de 1000 vientres, pasar de 84 a 90% de preñez significa 60 terneros adicionales por año, sin aumentar stock ni estructura.Llevado a escala país, con unos 22,5 millones de vacas de cría, un solo punto de preñez adicional equivaldría a más de 225.000 terneros adicionales por año. A valores de hoy (990 dólares por ternero), representaría 222,7 millones de dólares más, que se generarían todos los años y que se derramarían en toda la cadena ganadera. Entonces, mejorar la preñez es una decisión de alta rentabilidad y bajo riesgo”, expresa Francisco López Harburu, directivo de la firma Select Debernardi, y remarca: «La Argentina no tiene un problema de cantidad de vacas; tiene un problema de eficiencia reproductiva promedio».Pero no alcanza solo con lograr más preñez. El verdadero resultado productivo de la cría se mide al destete. Hoy, la Argentina presenta un índice de destete nacional estimado del orden del 63%, un valor que deja en evidencia pérdidas importantes entre el diagnóstico de preñez y el destete efectivo.“Cuando hablamos de destete, estamos hablando de sanidad, nutrición, manejo del parto y del ternero. Son variables que se pueden mejorar y que tienen un enorme impacto económico”. resalta López Harburu. “Aumentar el índice de destete no requiere más vacas, sino menos pérdidas”, insiste.Si la Argentina lograra aumentar el índice de destete en cinco puntos porcentuales —por ejemplo, de 63 a 68 %— el sistema estaría generando 1.125.000 terneros adicionales por año. Traducido a números, equivaldrían a 1113,7 millones de dólares adicionales por año, si se considera un valor de 990 dólares por ternero de 200 kilos, solo por mejorar la eficiencia del sistema.“Cada ternero que se pierde entre la preñez y el destete es ingreso que no vuelve. Mejorar el destete es tan estratégico como mejorar la preñez”, destaca el especialista.Tanto la preñez como el destete comparten una característica clave: son variables de manejo, no de escala. Mejorarlas exige una seria de decisiones de instrumentación sencilla:• Asegurar una mejor condición corporal al servicio• Realizar diagnóstico temprano de preñez• Manejar de manera diferenciada las vacas vacías• Controlar la sanidad reproductiva y neonatal• Asegurar la mejor atención al parto y manejo del ternero“Antes de discutir cuántas vacas más necesitamos, deberíamos reconocer cuántos terneros estamos dejando de producir con las vacas que ya tenemos”, enfatiza López Harburu.En síntesis: si Argentina lograra combinar un punto más de preñez y seis puntos más de destete, el impacto agregado en la cría alcanzaría los 1336,7 millones de dólares anuales, sin expandir la frontera ganadera y sin incrementar el stock bovino. Por eso, “más allá de estos cálculos, que pueden variar en función de los precios y del clima, la ganadería argentina tiene una oportunidad enorme: producir más con lo mismo. Y eso empieza, indefectiblemente, por la eficiencia reproductiva”, expresa López Harburu. Luego agrega: “mejorar los índices de preñez y destete no es una discusión técnica menor: es una decisión estratégica para el futuro de la producción de carne argentina”. Son indicadores silenciosos, pero determinantes. Y, probablemente, las herramientas más rápidas y eficientes para aumentar producción, generar divisas y fortalecer toda la cadena ganadera.Obviamente, los resultados no se conseguirán de un día para otro. Los ganaderos tienen muchos recuerdos de manoseo del mercado de las carnes. Por eso, se requiere galvanizar el compromiso de que no se va a alterar el mercado con medidas intervencionistas, como precios máximos, cierre de exportaciones ni otras medidas desalentadoras. Pero esa es condición necesaria, pero no suficiente: se requiere el convencimiento de los productores de que el proceso se puede llevar adelante y de que vale la pena. “El momento para empezar es hoy, cuando un ternero o una vaca gorda se pueden vender en más de un millón de pesos; hay tecnologías probadas y los insumos aumentaron menos que los precios de la hacienda. En este momento, entonces, esperar para ver cómo evolucionan la economía y la política hasta 2027, no parece ser un buen negocio ni para los productores ni para el país”, concluye López Harburu.

  • La trama social de nuestras decisiones

    La trama social de nuestras decisiones

    La trama social de nuestras decisiones

    Hablar del comportamiento humano suele llevarnos rápidamente al terreno de las emociones, las decisiones personales o las historias de vida. Sin embargo, existe una dimensión que, muchas veces, pasa desapercibida y que resulta igual o incluso más determinante: la dimensión social. El ser humano no se comporta en el vacío. Piensa, siente y actúa dentro de redes de relaciones, normas, expectativas y símbolos compartidos.Desde que una persona nace comienza un proceso de aprendizaje social. Aprende a discernir qué es aceptado y qué no, cómo expresar emociones, cómo relacionarse con otros e incluso cómo interpretar el mundo. La familia, la escuela y los medios de comunicación han sido, históricamente, espacios centrales en esta formación. Hoy, además, las redes sociales se suman como escenarios influyentes que también modelan la conducta.El comportamiento humano, observado desde lo social, es en gran medida una construcción colectiva. Lo que una sociedad considera adecuado o inapropiado cambia a lo largo del tiempo, dependiendo de las normas establecidas y de la evolución de las formas de comunicación, las relaciones laborales y los vínculos interpersonales.Las crisis sociales suelen poner en evidencia esta dimensión colectiva de la conducta. En contextos de incertidumbre económica, conflictos políticos o cambios culturales profundos aparecen fenómenos como el antagonismo, el miedo social o la desconfianza. Pero también emergen comportamientos solidarios: redes de ayuda, voluntariado y cooperación entre vecinos que fortalecen el capital social. En definitiva, son dos caras de una misma moneda.La humanidad demuestra una enorme capacidad de solidaridad en situaciones críticas, mientras que, en la vida cotidiana, con frecuencia prevalece la confrontación permanente, deteriorando la convivencia social. La polarización simplifica la realidad y fragmenta a la sociedad en bandos aparentemente irreconciliables. Las redes sociales amplifican este fenómeno al incentivar la provocación interpersonal y la necesidad de tomar posición de un lado u otro en la discusión pública y, por qué no, también en la familiar. El costo de este clima social es alto.Comprender cómo influyen las estructuras sociales en el comportamiento humano es hoy una tarea ineludible. El bienestar subjetivo y social no debería medirse únicamente a partir de indicadores económicos, sino también por la calidad de los vínculos que sostienen la vida en comunidad.Porque cuando una sociedad pierde la capacidad de escucharse, discutir sin destruirse y convivir en la diferencia, el problema ya no es solo económico o político: es profundamente humano.Entonces, cabe preguntarse: ¿el reto consiste solo en mejorar las condiciones económicas e institucionales, o también en reconstruir el tejido social que sostiene la convivencia? La respuesta, en gran medida, depende de las decisiones cotidianas que como sociedad somos capaces de construir.