La muerte de Ángel: «La ideología de género llegó para destruir a la familia»
-¿Qué es lo primero que hay que entender jurídicamente del caso Ángel para no caer en simplificaciones?-Es que no hay mucho para entender jurídicamente en este caso, porque la resolución no fue jurídica, sino ideológica, tal cual como sucedió con el caso de Lucio Dupuy, asesinado en La Pampa en 2021. La Justicia pensó que Ángel con la madre iba a estar mejor que con cualquier otro miembro de la familia. Si hubiera sido un tema jurídico, la Justicia tendría que haber analizado en profundidad a cada una de las familias para determinar con cuál iba a estar mejor el niño. Claramente primó lo ideológico.-Lo ideológico, en este caso, ¿fue que Ángel volviera a vivir con la madre?-Sí, con una persona que es la progenitora y que se había ido hace tres años a vivir a otra provincia, con una pareja nueva. Pero la mujer volvió a Comodoro Rivadavia y resulta que el nene de cuatro años prácticamente no la conocía, ya que estaba acostumbrado a vivir con su papá y la pareja del padre. Al chiquito lo mudaron de prepo, como si fuera una cosa y lo llevaron a vivir a un lugar para él desconocido y con gente desconocida. Es realmente traumático algo así. Un cambio semejante implica pasos, un proceso paulatino.-Ángel, entonces, ¿nunca fue escuchado?-Tanto la ley nuestra local como el Código Civil indican que, antes de tomar una decisión importante respecto del futuro, el niño debe ser escuchado. La Justicia de Familia no lo escuchó y ni siquiera se tomó el trabajo de conocerlo, con lo cual queda en evidencia que los niños no son sujetos de derechos, sino objetos de derechos. El juez trató a este niño de cuatro años como un paquete y lo dejó a su suerte.-¿Por qué los jueces tienen actuaciones tan controvertidas como ésta?-Porque no les importa en lo más mínimo, pero sobre todo porque con sus actos no tienen consecuencias. En nuestro país pueden actuar como se les ocurra… que no van a ser sancionados. En ningún otro trabajo se pueden cometer tantos errores sin que se tengan consecuencias.»A los jueces no les importa actuar de esa manera porque no les importa, pero sobre todo porque no tienen consecuencias de sus actos, saben que no serán sancionados», sentencia Fátima Silva. Foto Martín Bonetto -Aún no hay confirmación oficial de la autopsia sobre la causa de la muerte. En caso comprobarse que la madre no ejerció violencia sobre Ángel, ¿qué fallas en los sistemas de protección de la infancia igual quedaron expuestas?-En evidencia quedó que los juzgados no respetan los puntos básicos a seguir como, en este caso, tener contacto con todas las partes: padre, madre, madrastra, padrastro, niños. Ver a la otra persona no es lo mismo que tomar una decisión mediante un informe psicológico. No hubo un seguimiento, faltaron pruebas técnicas forenses. No es suficiente con simples entrevistas realizadas por psicólogos: deben realizarse pericias forenses a todos.-Da la sensación que la Justicia procedió con desidia…-Absolutamente. A Ángel nadie lo monitoreó en la escuela y resulta que iba sucio, sin bañarse y hasta con hambre. La mamá de un compañerito contó que le tuvo que comprar un sándwich porque Ángel miraba con desesperación la comida de su hijo. Nadie dio a conocer el estado general de Ángel, que además había bajado mucho de peso.»La Justicia priorizó la ideología y el que estuviera con la madre, que era una extraña», expresa la abogada Fátima Silva. Foto Martín Bonetto -¿Por qué es tan difícil priorizar el interés superior del niño?-Porque si lo priorizaran no siempre escucharían, de parte del chico, lo que quieren escuchar. Se priorizó la ideología y el que estuviera con la madre, que era una total extraña para el nene, y no lo que claramente habría respondido Ángel. ¿Qué hubiera sido? Seguir viviendo en su casa, continuar en su habitación, con su cama, sus juguetes, su espacio diario. Eso hubiera dicho el chico, pero no quisieron escuchar sus intereses, la Justicia ya tenía decidido dárselo a la madre, sin importar lo que pensara el menor.-Desde afuera, por lo que se ve, daría la impresión de que no era una situación tan compleja de resolver…-No lo era, sólo había que dedicarse, invertir tiempo, estar encima de la situación de las familias. Podrían haber hecho un proceso de revinculación más largo, sin apuro, hasta ver cómo Ángel se iría adaptando, pero teniendo en cuenta al niño, no dejándolo de lado. Se podía hasta pensar en una convivencia compartida, estar un poco con uno, un poco con otro… Pero se lo trató como un objeto, eso es lo más grave y después se llenan la boca hablando de los derechos del niño.-Aquí tanto la madre como el padre tenían antecedentes de denuncias por violencia. ¿Qué debe hacer la Justicia en un caso así?-Según los informes que yo leí, Ángel estaba bien con el padre. Hasta donde yo sé, la denuncia por violencia contra el padre tendría que ver con un vínculo entre adultos, no con un menor. A veces la denuncia puede ser por una discusión, por gritar, pero eso no implica que el padre no pudiera cuidar a su hijo, o que el chico estuviera en riesgo.Para Silva, se podría «haber hecho un proceso de revinculación más largo hasta ver cómo Ángel se iba adaptando a la nueva vida». Foto Martín Bonetto-El padre de Ángel dijo que si la situación hubiera sido al revés, él habría estado preso de inmediato. ¿Hay jueces que aplican mal la perspectiva de género?-Es que no es perspectiva, sino que los jueces aplican ideología de género. Estamos peligrosamente atrapados por una Justicia ideologizada, los chicos están peligrosamente atrapados. No es perspectiva porque la perspectiva es una forma de mirar para igualar, para observar con el mismo lente al padre y a la madre. La ideología es una creencia, ¿es normal que la Justicia resuelva por una creencia? En la ideología de género, la mujer siempre tiene razón y todo lo que dice hay que creerlo. ¡Paremos un poco, no funciona así! Esto es una locura, porque la ideología de género vino a destruir el núcleo base de nuestra sociedad que es la familia… y me hago responsable de lo que digo.-Si tomamos las estadísticas de violencia de género, en la mayoría de los temas de familia las mujeres son las más perjudicadas…-Durante dos décadas la violencia de género fue un negocio: con el ministerio de mujeres, con la entrega de subsidios y con personas captadas en las marchas… Fijate las de aquel momento y fijate las de ahora. Sin duda que había un negocio atrás de la violencia de género y las denuncias. Hoy se denuncia que alguien te miró mal en la calle y eso engrosa las estadísticas de violencia de género. Hay que saber diferenciar esto de la verdadera violencia de género, que es a la que hay que estar atento, atacar y en donde no sólo hay que poner la lupa sino aplicar todos los recursos posibles del Estado. Pero cuando uno empieza a desglosar las estadísticas, te encontrás con una verdad clara, que pocos analizan porque muchas denuncias están archivadas, pero no conviene decirlo porque importa el número global.-Hay un video en el que Angel llora porque no quiere ir a la casa de su madre. ¿Qué es lo que se debe hacer ante una situación así?-Escuchar, escuchar, escuchar. Hay que escuchar al niño, es el principio básico del derecho superior del niño. Y no escuchan, repito, porque no quieren escuchar lo que se va a responder. Pasó hace poco con una chica de 12 años ¡12!, a la que una madre quería cambiar de colegio en el último año de la escuela primaria… El padre se opuso porque la chica no quería saber nada, y no la escucharon. No les importó, la Justicia no escucha a los chicos, sí a lo que quiere la madre.-Según su panorama, parece no haber una salida viable…-Si logramos desterrar la ideología y volver a la objetividad, muchas de estas muertes como las de Lucio o Ángel no habrían ocurrido, porque la objetividad implica llevar a cabo un protocolo y un seguimiento de leyes que ya están dictadas y que determinarían acciones que hoy no se llevan a cabo.-Pablo José Pérez es el juez de familia que le dio la tenencia de Ángel a su mamá. ¿Cuál es su opinión?-Me da mucha pena su manera de ejecutar su trabajo. No tuvo ganas, no quiso. Está claro que tanto él, como la mayoría, no entendieron en qué consiste su labor el día que aceptaron ese puesto, porque trabajan con vínculos humanos, necesitan tener inmediatez, roce, empatía, conocer a la gente, no pueden hacer lo que hacen. -¿Qué es lo que más le sorprende de este comportamiento?-Que me resulta incomprensible que se dediquen a esta función. A mí me desconcierta, ¿por qué no se dedica a ser juez civil patrimonial, pero no de familia, que requiere otro tipo de sensibilidad? Es el juez de familia el que resuelve el destino de ese pibe, ¿sabés lo que significa eso? No puede pasar un proceso entero sin que el juez no conozca a los involucrados.-¿Cómo se forma un juez de menores? ¿Hay alguna instrucción puntual para asumir esa función?-No, para nada. Basta con presentarse a los distintos exámenes e ir pasando las diferentes etapas. Se puede llegar tranquilamente a ser juez de familia. Hay algunos que sí realizan posgrados de especialización porque entienden que más posibilidades tendrán de llegar a destino, pero esto no ocurre en nuestro país. Uno puede tener la mejor nota de mérito, pero al final no es una elección por sus cualidades, sino que termina siendo una elección política. Podés ser el primero en mérito pero no ser el elegido porque finalmente se impone la política. No siempre el más preparado resulta ser el juez.-Lleva 36 años ejerciendo como abogada especializada en familia. ¿Qué disparador ha sido el responsable de este deterioro que no parece encontrar el fondo?-Cuando yo empecé a ejercer, las cuestiones de familia estaban a cargo de los jueces en lo civil y comercial, que tenían la cabeza mucho más abierta que los ahora jueces de familia, que ejecutan a partir de la ideología, una ideología que se potenció mucho durante el kirchnerismo. Los jueces han perdido la mirada del derecho y se han olvidado lo que les enseñaron en la facultad.La importancia de los informes psicológicosEl rol de los psicólogos y asesores de menores cobra mucha importancia en casos como el de Lucio Dupuy y el de Ángel López. «El protagonismo que tienen los psicólogos es casi central, porque muchas veces la decisión se inclina de acuerdo al informe psicológico. El juez, en este caso, decidió que Ángel volviera con su progenitora a partir de un informe de la psicóloga, que en otras palabras dijo que la madre es divina, pum para arriba y que se puede hacer cargo del menor. Y sin conocerlo al nene, el juez metió el gancho y tomó esa decisión confiando en el descargo de la psicóloga, tal cual sucedió con Lucio Dupuy», analiza Silva. Y sigue: «Ahora bien, si me preguntás si ese informe es vinculante para un juez, claro que no, el juez no tiene por qué seguir lo que dice el informe, que es como una referencia, una guía, pero no es determinante. Pero en la práctica los hacen vinculantes de hecho porque el juez no conoce las partes, no se sienta con el niño y no escucha a nadie, entonces termina aferrándose al informe del psicólogo o del equipo técnico. Lamentablemente estamos en una encerrona, no va a ser sencillo salir de este estilo, va a llevar años».Silva también pone el foco en un conflicto exponencial a esta altura: las falsas denuncias que «mayormente surgen de matrimonios conflictivos y buscan sacar algún tipo de beneficio económico o personal respecto de los niños. Ocurre que cada vez son más las denuncias falsas que no sólo alejan a los padres de sus hijos por muchos años, haciendo muy compleja la revinculación, sino que en muchos casos el padre tiene una restricción perimetral o se encuentra injustamente detenido porque los juzgados omiten todo el rigor científico que tienen en el expediente, que ellos mismos solicitaron, y le dan la derecha a ese terapeuta privado al que no conocen y que es pagado por una de las partes. Entonces en manos de un terapeuta del que no se sabe mucho queda la posibilidad de que el niño se reencuentre con una de sus dos familias completas. Es gravísimo, porque eso es delegar la jurisdicción y privatizar la Justicia”.Y la profesional coloca como un caso testigo el del médico obstetra Pablo Ghisoni, quien estuvo más de una década sin ver a Tomás, su hijo del medio, «quien junto a su madre había acusado de manera injustificada a Ghisoni de abuso. El caso fue muy fuerte porque además el médico estuvo más de dos años en prisión. El caso Ghisoni se basó en que sólo miraron estas causas desde la ideología de género. La denunciante (Andrea Karina Vázquez) fue llamada víctima dentro de la causa para no ser periciada. Lamentablemente la Justicia obra antes de investigar y una vez que pone la perimetral no sigue el caso, que al cabo de los años termina convirtiéndose en un cementerio de órdenes de restricción. Ahora me pregunto: ¿la Justicia de Familia se dedica a construir vínculos, o sólo los destruye?», plantea con ironía.Semanas atrás trascendió que en Rosario una red de psicólogas de una organización llamada AEVAS realizaba informes falsos para perjudicar a padres presuntamente acusados por abusos y así evitar la revinculación, luego de que la Justicia los haya sobreseído. «En Rosario se supo que se trataba de una asociación que vendía informes manipulados: fueron encontradas diez causas de diez padres que no podían ver a sus hijos por esos informes que eran un copy paste de psicólogas diferentes pero que pertenecían a la misma asociación y que vendían los informes. ¿Para qué? Para conseguir la voluntad de la madre de alejar al padre de sus hijos».ItinerarioNacida en Tandil, donde cursó la escuela primaria y secundaria, María Fátima Silva siempre supo que sería abogada, profesión que surgió de manera natural -ya desde primer grado era la defensora del grupo de amigas- y de la que se graduó en Universidad Nacional de Mar del Plata. «Volví a Tandil y mi mundo pasó por mi ciudad de toda la vida, donde me casé y tuve a mi único hijo, Juan Manuel», cuenta.Más tarde hizo posgrados en la UBA, hasta que el trabajo la trajo a Buenos Aires, donde se terminó instalando y teniendo una columna sobre derecho de familia en LN+. Hoy esta abogada especializada en familia, con 36 años de trayectoria, es convocada para viajar al interior del país por distintas universidades para conocer cómo es la realidad de los derechos de los niños en otras ciudades. «¿Con qué me encontré? Pensaba que con otra realidad, pero me topé con una Justicia de Familia atravesada por la ideología, por la falta de objetividad y la no norma», afirma.Al toqueUn desafío: Que las niñas, los niños y los adolescentes tengan paz en una Argentina que no les da paz.Un proyecto: Mi gran proyecto es poder llegar a ser la Defensora Nacional de las niñas, niños y adolescentes.Un sueño: Es utópico porque sueño con una Justicia de familia objetiva y hoy está muy ideologizada.Un prócer: Manuel Belgrano.Un líder: Sin duda, mi papá Humberto.Un libro: «La inteligencia emocional», de Daniel Goleman.Una película: No veo películas ni series. Me dedico a leer.Una sociedad que admire: La italiana, por el lado de mi madre, María Luisa Irianni.Un recuerdo: Una frase imborrable que me dijo mi abuela Luisa cuando estaba en el secundario. «Nena, estudiá que te va a hacer libre».
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La muerte de Ángel: «La ideología de género llegó para destruir a la familia»
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Crisis de natalidad y feminismo: el libro que propone repensar familia y reproducción
Crisis de natalidad y feminismo: el libro que propone repensar familia y reproducción
Tener o no tener hijos es mucho más que un dilema personal. Especialmente cuando el Estado empieza a pensar la población como un factor económico, como un capital que adquiere diferentes valores y significados según las épocas.Adele Clarke, Donna Haraway y Ruha Benjamin. | Fotos: gentileza.Problematizar la noción de población y contraponer la posibilidad de construir nuevos parentescos es el objetivo del libro que tiene como compiladoras a las intelectuales norteamericanas Donna Haraway y Adele Clarke. El conflicto está expresado en el título Generar parentesco, no población (Editorial Rara Avis), que podría definirse como la respuesta feminista a la introducción del libro Las venas abiertas de América Latina, que publicó la editorial Siglo XXI en el año 1971.Con el título “Ciento veinte millones de niños en el centro de la tormenta”, Eduardo Galeano sostenía que los países imperialistas se ocupaban, bajo medidas a veces más directas y sanguinarias y otras más sutiles, de eliminar a la población pobre de América Latina e impedir que se multiplicara.La mención de este libro, que, por supuesto, escapa a las referencias de las autoras, tiene dos justificaciones. Por un lado, como señala en el prólogo a la edición en español Julieta Massacese, Generar parentesco, no población carece de una mirada latinoamericana.Pero, fundamentalmente, lo que hoy incómoda del texto de Galeano es el sesgo machista que desconoce el lugar de la mujer, los embarazos no deseados, que en muchos casos son el resultado de un abuso, y el condicionamiento que la maternidad implica.Más allá de la distancia de épocas y de género, existe una coincidencia ligada a la certeza de que la maternidad y la paternidad no pueden ser pensadas únicamente desde una perspectiva personal (de hecho, muchas de las autoras de este libro rechazan la palabra elección), al tratarse de un tema que involucra a la sociedad en su conjunto y su calidad de vida.El grupo de autoras, integrado por la académica canadiense Michelle Murphy, la socióloga hindú Ruha Benjamín, la especialista en medicina social taiwanesa Yu- Ling Huang, la socióloga de la misma nacionalidad Chia – Ling Wu y la académica norteamericana Kim TallBear, propone un abordaje desde la justicia reproductiva para desarrollar un pensamiento sobre la natalidad que requiere de un lenguaje alejado de los prefijos pro y anti.En esta línea, poner en crisis la elección como bandera y síntesis de la autonomía femenina significa tanto alertar sobre una simplificación de la experiencia como negar que la mayoría de las veces las mujeres no pueden elegir.La preocupación por la cantidad de habitantes, más allá de que esté sustentada en las cuestiones ambientales y en el desastre climático, siempre parece demasiado cercana a la idea de población excedente. Es decir, es muy difícil hablar de tener menos hijos, de desalentar en las mujeres el deseo de traer nuevas personas al mundo, sin que el discurso se acerque directamente a un control de las libertades individuales.Pero, además, instrumentar una suerte de sentido común que reemplace el sueño de la maternidad por el convencimiento de dejar de parir es algo que ya tiene una existencia real en las sociedades actuales, donde las mujeres no perciben de manera tan generalizada que la maternidad sea un mandato como en otros tiempos, pero puede generar un efecto contrario si se convierte en un lenguaje propagandístico que pueda interpretarse como una orden.Abordar el tema de la natalidad desde el feminismo para señalar, por ejemplo, la cantidad de alimentos que será necesario producir en un futuro, frente a las estimaciones de una población mundial de 19 mil millones de personas para el año 2100, parece estar en línea con un planteo capitalista.Donna Haraway. Foto: gentileza.Humanizar el razonamientoEs verdad que las autoras señalan que hay que pensar nuevas maneras de cuantificar, y justamente es la noción de parentesco la que viene a humanizar este razonamiento, pero ¿cómo pensar la natalidad desde esta lógica sin reproducir la ideología imperante, a la que tampoco le interesa que los pobres o las personas racializadas tengan más hijos, salvo que los piensen como mano de obra barata o esclava?Las nuevas formas de parentesco están ligadas a una vida comunitaria donde la maternidad y la paternidad serían compartidas, donde lo que se busca es dejar de privatizar los afectos para abrir la familia a una forma social que, según las autoras, tiene diferentes variantes. Algunas directamente se oponen a la monogamia (Kim TallBear) y todas ponen en crisis la organización familiar tradicional signada por el parentesco biológico.El libro plantea una discusión que es arriesgada y que se enfrenta a varios tabúes. En este sentido, el aporte es valioso, aunque también es evidente que las mismas autoras no tienen muy en claro cómo llevar a la práctica las acciones para transformar esas relaciones no biológicas en vínculos más permanentes.El pasaje de la obligación de ser madres a la elección de no serlo implicó un cambio social y hoy se habla frecuentemente de la baja en la tasa de natalidad. Incluso, algunos países asiáticos como Taiwán y Japón, que siempre tuvieron sobrepoblación, se enfrentan a una baja de la natalidad que pone en riesgo la población de reemplazo, según afirman Yu- Ling Huang y Chia – Ling Wu.Las políticas de control de la natalidad siempre apuntaron a favorecer determinados nacimientos y disuadir o anular otros. En la actualidad, el envejecimiento poblacional de Europa y la llegada de migrantes de continentes que tienen una alta cantidad de población joven, como es el caso de África, implica una transformación de la sociedad europea que es vivida como una amenaza a su identidad.Ruha Benjamin. Foto: gentileza.En este marco, decir desde el feminismo que hay que tener menos hijos porque las personas del futuro van a vivir cada vez peor y el planeta no va a soportar tantos seres humanos que pongan en riesgo la vida animal y vegetal puede ser atinado, pero es un planteo que tiene que estar bien direccionado y no puede eludir la noción de clase.Una crianza colectiva¿Qué mujeres están en mejores condiciones de decidir no tener hijos? ¿Hasta qué punto es posible imaginar una crianza colectiva de un hijo que tiene una madre y un padre biológicos?Para que los parentescos no biológicos tengan el mismo reconocimiento ante la ley que cualquier lazo de sangre, es imprescindible una revolución en el armado del Estado y de la vida social. Tener menos hijos pero aumentar la cantidad de parientes supone incrementar los vínculos, las formas de componer las familias, pero no las personas. Aquí habría que preguntarse qué consecuencias y qué tipo de mundo será aquel que tenga más ancianos que niños.Si bien es verdad que la crianza y las tareas de cuidado necesitan de muchas personas de distintos géneros para ser realizadas, guiar la decisión de tener hijos y los modos de conformar una familia es una estrategia que puede llevar a una intromisión total del Estado en aquellos espacios donde muchas personas han logrado conquistar una autonomía.No siempre esta manera de pensar implica una mayor democracia colectiva, como tampoco la familia es en todos los casos una zona de opresión. Puede ser el único lugar de amparo, el único espacio donde las personas se sienten elegidas y amadas.Adele Clarke. Foto: gentileza.Se trata de medidas que se presentan como escenarios de mayor libertad e igualdad en su afán de socializar los vínculos, pero que pueden traer un mayor nivel de control.Imaginar una subjetividad nueva, un mundo donde, como dice Kim TallBear, “el amor y las relaciones no se consideren objetos escasos que hay que defender”, habla de un ejercicio intelectual que es interesante abordar y discutir, pero que toma como referencias otras épocas, experiencias más arcaicas que van a adquirir necesariamente un sentido diferente en las sociedades actuales.Generar parentesco, no población. Debates feministas sobre natalismo, VV.AA. (Rara Avis). -

“La salud de los enfermos”: el cuento de Julio Cortázar que lleva al teatro las mentiras de familia
“La salud de los enfermos”: el cuento de Julio Cortázar que lleva al teatro las mentiras de familia
“Todas las familias felices se parecen unas a otras, pero cada familia infeliz tiene un motivo especial para sentirse desgraciada”. Esta frase inicial de “Ana Karenina”, la bellísima novela de Tolstói, impacta de lleno en la línea de flotación de cualquier vida a la deriva. Incluso de las que no lo están. Porque nada es más frágil y complejo que los lazos de la familia, que tanto han dado (y siguen dando) de sí a la literatura, el teatro, el cine, las artes en general.La salud de los enfermos se puede ver los domingos de abril a las 18 en el Teatro del Pueblo. Foto: Gentileza.La felicidad armoniosa en familia no existe. No hay estándares, porque no necesariamente una familia es feliz porque no tiene grandes conflictos o fluye, entre sus integrantes, una comunicación franca.Valga esta aproximación para hablar sobre el cuento de Julio Cortázar, “La salud de los enfermos”, un oxímoron del escritor para radiografiar los complejos vínculos de una familia que crea una farsa para preservar la salud precaria de la madre. El enredo, basado en mentiras que se superponen, termina enredando a los personajes al punto de que los límites entre ficción y realidad se difuminan.Secretos de familiaEl escritor Gabriel Bañez, autor de “Octubre amarillo”, una rara ficción sobre el caso Barreda (quien asesinó a toda su familia), decía que cada vez que un hombre muere, un secreto irresuelto se va con él.En la familia, los secretos se multiplican. En esa joya teatral creada por Claudio Tolcachir hace 20 años, La omisión de la familia Coleman (la historia de una familia disfuncional), su autor y director no se propuso una indagación sobre la familia, pero eso resultó. Tolcachir quería hablar de los vínculos y las dificultades de comunicación que existen entre las personas en un mismo ámbito. Sobre todo en ese “tubo de ensayo maravilloso que es la familia, donde uno puede mezclar a la gente y ver sus comportamientos”, según el propio Tolcachir.La salud de los enfermos se puede ver los domingos de abril a las 18 en el Teatro del Pueblo. Foto: Gentileza.La intención de Cortázar en “La salud de los enfermos”, tragicomedia que forma parte de su libro Todos los fuegos el fuego, publicado en 1966, fue la de regalarle a sus lectores ese artilugio narrativo mediante el cual, al borrarse la frontera entre la ficción y la realidad, es el lector quien elige con qué lado de la historia se queda. Es un recurso muy cortazariano.Claro que el cuento va mucho más allá. Porque nos habla de la manipulación de los vínculos en la familia, los secretos que se instalan y cuesta luego desmadejar, las mentiras disfrazadas de piedad, la zona de confort en la que algunos de sus integrantes prefieren quedarse, antes que asumir la verdad.Convertida en obra de teatro, con funciones los domingos a las 18 en el Teatro del Pueblo, con la dirección de Leandro Cóccaro y una puesta-instalación minimalista, la pieza se decanta por una dramaturgia más dramática que la propuesta de Cortázar, donde las pinceladas de humor sutil ayudan a sobrellevar una situación que de por sí es más trágica que cómica. A la madre se la engaña, pero la madre ¿también los engaña? ¿Acaso los manipula sin que los hijos se den cuenta?Teatro del PuebloAl llegar al teatro, previo al estreno de la obra, que se demoró media hora, hubo una entretenida invitación a los espectadores. En una mesa había estampillas, diapositivas y hojas para escribir cartas “para no enviar”.En un panel, el público dejaba luego sus cartas adheridas. Las instrucciones señalaban que “enviar una carta es, sin duda, una actividad que no requiere demasiadas explicaciones. Pero no enviar una carta cambia definitivamente el panorama”.En las indicaciones también se explicaba la modalidad lúdica: buscar el escritorio con cosas inútiles, tomar una diapositiva y observarla, con el paisaje en mente tomar una estampilla y pegarla en el papel carta. Luego, escribir un texto con lo que al espectador se le ocurriera.“Quizá en un futuro no tan lejano toda esta labor se transforme en un libro colectivo, anónimo e infinito”, finalizaba la invitación. La rareza en la mesa era una máquina de escribir como la que figura en el cuento de Cortázar.Protagonizada por Gabriel Schapiro, Cecilia Cósero, Paula Thie, Edgardo Marchirori y Martha Sosa Quintana, la obra comienza con el accidente mortal de Alejandro, el hijo menor y preferido de “mamá”, que el resto de sus hijos decide ocultarle, dada la precariedad de su salud.Para sostener la farsa, los hijos —con la colaboración de la tía Clelia, que también se muere en la obra (y cuyo desenlace también estos ocultarán)— inventan un trabajo prometedor para Alejandro en Brasil y, a partir de allí, tejen una urdimbre de cartas ficcionales, escritas por otro desde el vecino país, que le leen a “mamá”. La madre le escribe, a su vez, al hijo.La salud de los enfermos se puede ver los domingos de abril a las 18 en el Teatro del Pueblo. Foto: Clarín.Hay pequeñas pistas que el narrador va dejando en el relato, y que la pieza teatral también recoge, que siembran preguntas para poner al espectador-lector en duda: ¿la madre sabe la verdad y se deja engañar porque niega una realidad que le resulta insostenible? ¿O ignora que Alejandro y Clelia han muerto? ¿Quiénes son los enfermos y quiénes los sanos en esta pieza?Mentiras y silenciosEs interesante el debate entre los personajes que se hartan de la mentira y quieren contarle a “mamá” toda la verdad y los que se niegan para no darle un disgusto que acabe con su vida, la que, en definitiva, se le irá por su precarizada salud. El narrador nunca dice de qué enfermedad se trata y todo conduce a pensar que, en definitiva, la madre morirá de verdad luego de haber aceptado las mentiras.Una dificultad que presenta la pieza teatral, que no se observa en el magnífico cuento de Cortázar, es que cada personaje habla en primera y en tercera persona. Interpretan, a la vez que narran su parte. Quienes no hayan leído el cuento tendrán dificultades para comprender ese doble rol de cada protagonista.La salud de los enfermos se puede ver los domingos de abril a las 18 en el Teatro del Pueblo. Foto: Clarín.No obstante eso, lo atractivo tanto del cuento como de la obra teatral es asomarse a lo que podríamos considerar la construcción de una novela familiar. Hábitos, rutinas, secretos, mentiras, verdades, son muchos los factores que amalgaman a las familias.Por rutinaria que sea la vida cotidiana familiar, cada familia podría escribir una novela de cuanto ocurre en su seno. Tanto para sostener los vínculos como para guardar secretos no solo hay que tener lucidez para mentir y no contradecirse, sino, sobre todo, una imaginación cuyas acciones resulten convincentes.Cortázar rinde también en “La salud de los enfermos” un homenaje a ese género que, desde otras latitudes, se considera bien argentino. Pero las mentiras familiares son siempre universales.La salud de los enfermos se puede ver los domingos de abril a las 18 en el Teatro del Pueblo (Lavalle 3636).