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  • Columna de Opinión:Por el Concejal Ing. Alejandro Dus

    Columna de Opinión:Por el Concejal Ing. Alejandro Dus

    Columna de Opinión:Por el Concejal Ing. Alejandro Dus

    La Cosa Nostra- En la tradición de las organizaciones que se rigen por códigos propios y no por la ley de los Estados, existe una premisa básica: el territorio se marca con acciones, no con palabras. Lo que estamos presenciando en Concepción del Uruguay con la intervención arbitraria de nuestros Monumentos Históricos Nacionales no es gestión pública; es, lisa y llanamente, un manejo que recuerda a los métodos de la «Cosa Nostra», donde el «Don» local decide sobre lo que no le pertenece, ignorando cualquier jerarquía o norma establecida.

    En un atropello sin precedentes, se realizaron obras en la Casa de Urquiza sin siquiera contar con un convenio vigente con el Correo Argentino, actual administrador y responsable legal del edificio; todo esto en el apuro electoralista de inaugurar un «museo itinerante» que sin guías ni baños habilitados, tras el show de las fotos, hoy permanece cerrado al público. En la misma línea de impunidad, se están ejecutando refacciones en el Museo Delio Panizza ignorando la normativa federal, al no haber solicitado ni obtenido el permiso vinculante de la Secretaría de Cultura de la Nación, específicamente del área de la Comisión Nacional de Monumentos, de Lugares y de Bienes Históricos. Lo hizo sin pedir permiso, sin presentar planes técnicos y, lo más alarmante, ignorando por completo la autoridad de la Secretaría de Cultura de la Nación.
    La intervención en museos históricos exige expertos especializados (restauradores, arquitectos patrimoniales, conservadores) para garantizar la preservación de la estructura y el valor cultural. No se puede contratar personal sin capacitación, ya que el patrimonio debe ser protegido, investigado y restaurado bajo estrictas normas técnicas y legales.
     
    El patrimonio no es un botín
    Para el liberalismo, el respeto a la propiedad y a la jurisdicción es sagrado. Que un Intendente decida «meter mano» en monumentos que son Patrimonio Histórico Nacional es un atropello a la propiedad de todos los argentinos. No se trata de si las obras son necesarias —que probablemente lo sean tras años de abandono estatal—, se trata de que nadie está por encima de la ley.
     
    Actuar por las vías de hecho, saltándose los protocolos de preservación histórica nacionales, es una señal de caudillismo rancio. Es el mensaje de quien se siente dueño de la ciudad y cree que las fronteras municipales lo eximen de rendir cuentas ante la Nación. En el mundo de la mafia, se pide perdón, no permiso. En una República, el procedimiento es el límite al poder.
     
    ¿Gestión o marcación de territorio?
    ¿Por qué ahora? ¿Por qué la urgencia de intervenir edificios nacionales sin el aval técnico de los expertos en conservación de la Secretaría de Cultura?
    La respuesta parece estar en la necesidad de «marcar el territorio» frente a un Gobierno Nacional que promueve la austeridad y la transparencia. Al intervenir estos espacios sin autorización, el municipio no solo arriesga el valor arquitectónico y arqueológico de joyas como la Casa de Urquiza, sino que genera un conflicto institucional innecesario para alimentar un relato de «autonomía» que, en realidad, encubre autoritarismo.
     
    El Museo Delio Panizza, testigo mudo de nuestra historia, no puede ser tratado como una unidad básica o un centro comunitario que se pinta de apuro antes de una elección. Exige respeto técnico y legal.
     
    La «Omertá» de los funcionarios
    Lo más preocupante es el silencio cómplice de quienes deberían velar por el patrimonio. El manejo de estos museos bajo una lógica de «clan» —donde las decisiones se toman entre cuatro paredes y se ejecutan sin transparencia— nos aleja de la ciudad moderna y abierta que los liberales proponemos.
     
    Si el Intendente quiere mejorar los museos, debe hacerlo por la vía legal: gestionando los permisos, articulando con Nación y permitiendo que la sociedad civil controle cada peso que se gasta. Hacerlo «a lo guapo» solo demuestra que se confunde la administración pública con un feudo personal.
     
    Conclusión
    Concepción del Uruguay no es una familia donde rigen los códigos del silencio y la arbitrariedad. Es una ciudad integrada a una Nación con leyes que deben cumplirse. Intervenir la Casa de Urquiza o el Delio Panizza sin permiso nacional es un acto de soberbia que puede costar caro, no solo en términos legales, sino en el daño irreversible a nuestra historia.
     
    Desde mi banca en el Concejo Deliberante, no vamos a permitir que la lógica de «La Cosa Nostra» se instale en nuestras instituciones. El patrimonio es de la gente, no del jerarca de turno. Permiso y ley, o nada.

  • Columna de Opinión Por Ing. Alejandro Dus Concejal Libertad Avanza Entre Ríos

    Columna de Opinión Por Ing. Alejandro Dus Concejal Libertad Avanza Entre Ríos

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    Municipios en Entre Ríos: El Riesgo de las «Minidictaduras» Locales

    En los municipios de Entre Ríos, la democracia deliberativa corre el riesgo de convertirse en un trámite administrativo. Bajo el amparo de los artículos 91 y 236 de la Constitución Provincial, los intendentes cuentan con una mayoría automática que transforma a los concejales oficialistas en un brazo ejecutor de sus decisiones, anulando la necesidad de buscar consensos y reduciendo a la oposición a un rol de espectador crítico pero impotente.

    La farsa del debate legislativo

    Caso testigo Concepción del Uruguay Cuando el oficialismo no necesita convencer a nadie para aprobar una ordenanza, el recinto del Concejo Deliberante deja de ser un espacio de deliberación para convertirse en un escenario de ratificación. Los concejales oficialistas, lejos de actuar como representantes independientes de los vecinos, funcionan como un bloque sólido cuya única misión es blindar los deseos del Intendente.

    Esta dinámica anula el control republicano. Si el presupuesto se aprueba «a libro cerrado» y los pedidos de informe de la oposición terminan en un cajón, el municipio se transforma en una estructura verticalista donde el disenso es ignorado y la transparencia se vuelve opcional.

    Incluso las instancias previas, como las reuniones de presidentes de bloque o la denominada Labor Parlamentaria, terminan degradadas. Lo que debería ser un espacio para acordar el orden del día y buscar puntos de encuentro, se convierte en una mera simulación de consenso. No hay acuerdos reales ni voluntad de escucha; son simplemente reuniones de notificación donde el oficialismo impone su agenda y sus tiempos, transformando el diálogo democrático en una formalidad vacía de contenido.

    El vecino que votó a una minoría tiene una representación puramente decorativa

    El impacto en la ciudadanía es directo. El vecino que votó a una minoría siente que su representación es puramente decorativa. En Entre Ríos, ganar por un solo voto significa obtener el 100% del poder legislativo real durante cuatro años. Esto desalienta la participación ciudadana y fomenta un sistema de «minidictaduras» donde el diálogo político es reemplazado por la simple imposición numérica.

    La resistencia de las minorías

    Ante este escenario, el rol de la oposición se vuelve una tarea de resistencia. Su función principal deja de ser la incidencia directa en las leyes para convertirse en la voz de alerta de la comunidad. Sin capacidad de veto, la oposición debe recurrir a la visibilización externa: denunciar en los medios no pautados, acompañado de una fuerte presencia en las redes, informar a los vecinos y documentar las irregularidades.

    La mayoría automática no solo silencia a los concejales opositores; silencia a la porción de la sociedad que ellos representan. Fortalecer el rol de la oposición no es una concesión política, es la garantía de que el poder no se ejerza a ciegas.

    Esto contrasta con lo que sucede a nivel nacional, donde el Ejecutivo debe consensuar con otras fuerzas políticas para convertir su gestión en políticas de Estado mediante la sanción de leyes nacionales.

    El Digesto Municipal como herramienta de opacidad

    La reciente quita de acceso de los concejales al Digesto Interno Municipal constituye una señal alarmante de ocultamiento de la información y censura, prácticas propias de procesos autoritarios que buscan restringir la fiscalización. Este retroceso se intenta encubrir con pequeñas muestras de transparencia que burlan la inteligencia del ciudadano, como ocurre con el nuevo digesto web; esta plataforma funciona como un escaparate que muestra solo lo que el poder desea, escondiendo decretos y resoluciones del Ejecutivo.

    Asimismo, la omisión de los anexos que completan la información técnica y legal refuerza esta política de datos sesgados, transformando una herramienta de consulta pública en un instrumento de desinformación institucional.

    El cierre del diálogo con el sector gremial

    En línea con esta actitud autoritaria, el Intendente se niega a recibir al Secretario General de la AOEM (Asociación de Obreros y Empleados Municipales), profundizando la crisis de representación. Esta postura no solo bloquea la discusión sobre el urgente atraso salarial, sino que impide el abordaje de temas estructurales fundamentales como la carrera administrativa.

    Al evitar estos encuentros, se posterga indefinidamente la situación de una gran cantidad de trabajadores contratados hace años, quienes deberían acceder a la planta permanente a través de los correspondientes concursos de antecedentes y oposición.

    Esta falta de apertura no solo desprotege al trabajador, sino que refuerza el modelo de gestión verticalista, donde la estabilidad laboral se convierte en una herramienta de discrecionalidad política en lugar de un derecho basado en el mérito y la normativa vigente.

    El desafío para la provincia es superar la comodidad de la gobernabilidad impuesta por la ley. Mientras los Concejos Deliberantes sigan funcionando como el brazo ejecutor de los intendentes, la calidad institucional seguirá en deuda.

    La verdadera eficiencia política no nace de la imposición, sino de la capacidad de gestionar a través del respeto por la pluralidad de voces.

    Como dije antes, este sistema suele hacer que los gobernantes se sientan «dueños» del espacio público o “MINIDICTADORES”, que usando un vocabulario más regional, tenemos «caudillos» a lo largo y ancho de nuestra provincia