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  • Oda a los trenes del mundo

    Oda a los trenes del mundo

    Oda a los trenes del mundo

    En mis primeros viajes a Buenos Aires, antes de mis treinta, muchos amigos argentinos se sorprendían —se burlaban— de lo mucho que me seducían los trenes porteños. No me cansaba de verlos partir y llegar, de sacarles fotos a las vías, de intentar filmar el segundo exacto en que pasaban, incansables, ventanilla tras ventanilla tras ventanilla, como una exhalación proveniente de un mundo lejano y distinto.La razón de ello estaba —así les expliqué a mis amigos— en que estos “exploradores de soledades”, como los llama Neruda en su “Oda a los trenes del sur” de 1954, no son nada comunes en Venezuela. Caracas, por ejemplo, no tiene un sistema urbano de trenes. Tiene un subterráneo, claro está, esa suerte de ascensor horizontal en el que se viaja sin tener adónde mirar, excepto hacia adentro. Y un pequeño ferrocarril de larga distancia, relativamente nuevo, que conecta con localidades vecinas. El resto del transporte depende de la omnipresente gasolina.La idea de subir a un tren ha sido, por ende, siempre algo exótico para mí. Algo sólo experimentable en el extranjero: en el trayecto de Londres a Salisbury, en el de Lisboa hacia Porto, y sobre todo en los que conectan —tal vez no tan glamorosamente—, la Capital Federal argentina con la Provincia de Buenos Aires: el Roca, el San Martín, el Sarmiento y el Mitre. Es cierto que, dependiendo del caso, el viaje en tren puede ser más o menos placentero. Basta ver esas imágenes terribles de ciertos trenes rurales en India, para entender que un tren no es, necesariamente, síntoma de civismo y civilidad.Sin embargo, en un viaje de tren hay casi siempre algo vagamente optimista. Quizá porque sus pasajeros pueden mirar hacia afuera y apreciar el paisaje que se surca. De ese modo obtienen consciencia del propio lugar en el mundo: dónde se está, quién se es, por qué se va al destino deseado. En el tren se propician el ensueño y la reflexión. Al mismo tiempo, brinda al pasajero la certeza casi absoluta de llegar a donde se quiere, sin desvíos ni imprevistos, pues nunca logra escapar a la sentencia de sus rieles. No hace falta pedir a tiempo la parada. No hay que temer a los designios del chofer de colectivo, a sus arbitrarios frenazos y acelerones, ni a los cambios de ruta que le impongan el tráfico, las obras en la vía o algún accidente. El tren es un monstruo confiable, predecible, monótono una vez puesto en marcha. Quizá por eso los accidentes ferroviarios suelen ser tan catastróficos: nadie a bordo espera algo más que la mansedad del recorrido acostumbrado.Mucho ha ocurrido desde aquellos primeros avistamientos de trenes —mis tiempos de trainspotting, estoy casi tentado a decir—, y ahora vivo a tan solo dos cuadras de la estación de trenes de mi barrio. Y aunque el barullo de su llegada y su partida se me ha hecho tan habitual que a duras penas lo escucho, sigo sintiendo al verlo ese embrujo alegre que lleva a los niños a despedirlo al pasar, como animales fabulosos que surcan nuestro mundo y se van, siempre apurados, hacia un destino futuro e increíble.

  • Esculturas, vulvifloras y un potente autorretrato, Paloma Mejía llega a la galería OdA

    Esculturas, vulvifloras y un potente autorretrato, Paloma Mejía llega a la galería OdA

    Esculturas, vulvifloras y un potente autorretrato, Paloma Mejía llega a la galería OdA

    Paloma Mejía vive en París, aunque Argentina es su hogar y el lugar donde eligió presentar Anatomía de un mundo frágil en OdA, una galería ubicada en un amplio piso de un edificio que parece diseñado para albergar estudios de abogacía más que un oasis de arte. Acompañada por Daniel Fischer en la curaduría, se propuso gestar una experiencia visual que cruza la escultura, la joyería, la fotografía y la instalación por medio de materiales conocidos y nuevas apuestas.Un gigantesco muro, que parece emerger de las profundidades de un útero, atraviesa una extensa pared. Imponente y enigmática, dialoga con un conjunto de pies que salen del piso, pequeñas vaginas, una máscara funeraria y autorretratos que confirman que a la artista le urge la necesidad de compartir sus historias.Partiendo de una fantasía de la infancia, que nació cuando le advirtieron que si comía las semillas de las mandarinas le iba a crecer un árbol en la panza, comenzó a rodar su imaginación.Lo que habría generado temor en algunos niños, para ella fue el germen. ¿Podría parir un jardín que brotara de su cuerpo?Sobre esto comparte: «Partí de una hipótesis imposible y lo uní a los vínculos que mantengo con el universo biológico desde que soy chica a través de mi papá, que es veterinario. Un sueño anclado en la realidad, que me llevaba a pensar que eso, como tantas otras cosas que había visto en el campo donde me crié, podía suceder».Mejía creó el gran muro rojo, que llamó «Superficie de dolor», después de que Fischer la desafiara a mostrar un lado menos inocente y acercarse a cuestiones más sombrías, autorreferenciales y carnales que se hacían notar en su trabajo.Esta pieza monumental, que carga con el peso real de su cuerpo, se transforma en una especie de autorretrato, como las pilas de caramelos de Félix González-Torres. «Dado que la obra está dividida en varios paneles, el día de la inauguración alguien me sugirió que fragmentara mi dolor, para que otros pudieran ayudarme a sostenerlo. Si bien no creo que eso sea posible, entiendo que una parte mía necesitaba compartir con otros, crear conexiones y evidenciar que pongo el cuerpo en acción».Por su parte, las esculturas de los pies están vinculadas con la mitología griega y la figura de Perséfone, la hija de Deméter, que fue secuestrada por Hades, arrastrada al inframundo, obligada a comer semillas de granada y convertida en reina. Mientras tanto, su madre sufría tanto la ausencia, que las flores y plantas dejaron de crecer, instalando el invierno en el mundo. Cuando Perséfone finalmente pudo pasar medio año en la tierra y la otra mitad en el infierno, nacieron las cuatro estaciones.Mejía planta esas extremidades a lo largo de la sala sin aclarar si están saliendo o si están enterradas. Cada quien es libre de hacer sus propias interpretaciones, como sucede con el propio mito. Mientras que para algunos es una historia de la obsesión entre los vínculos y el desarraigo que sucede en algún punto de la maternidad, para otros es un símbolo de sensualidad y sexualidad.Por medio de un extenso cuerpo de esculturas en bronce y cera roja, la artista también diseña una botánica uterina que de lejos se percibe de una manera y de cerca de otra. Estas «vulvifloras», al igual que el gran muro, se adaptan a las transformaciones del material a partir de la temperatura del ambiente o el tacto. Se ablandan, se ponen viscosas y transpiran.En relación a eso, la artista expone su necesidad de acercar el cuerpo a la obra con una serie de fotografías –en su mayoría pequeñas e íntimas– donde sujeta las esculturas e interactúa con ellas. «Esta foto parece estar saliendo de mis adentros, pero también es una lucha, porque la obra es pesada y difícil de maniobrar. Por eso se percibe la carga y el esfuerzo. Por eso miro hacia abajo».Por último, Mejía incluye un ajuar funerario pensado para ella misma. Un autorretrato indirecto marcado por una pregunta simbólica que proviene de un miedo que la persigue: ¿Que sucedería si ese hombre me encontrara e hiciera de mí aquello que prometió? Incluye anillos, la máscara sin agujeros para respirar, elementos que cubren los pechos, una pequeña pieza para el ombligo y otra para el pubis.“Este trabajo tiene que ver con mi temor a la muerte y pensar que ese momento podría llegar de la mano de alguien. Aquí hay un cuerpo y al mismo tiempo está la ausencia. Como si yo me erosionara hasta desaparecer con una idea que me causa terror», explica. La conclusión a la que llega es que si efectivamente sucediera lo que tanto la estremece, por lo menos sería un bello jardín.A su lado cuelga «Trampa», un racimo de cordones umbilicales que cuelgan de un brillante anzuelo de bronce. “Esta obra invita a que se pueda debatir durante horas, ya que la pienso de la mano de una pregunta que podría sentirse como una sentencia incómoda y que tiene que ver con que la maternidad a veces puede sentirse como una trampa».Un pensamiento que surge después de haber acompañado de cerca a alguien a punto de tener un hijo y con la que propone analizar diferentes hipótesis y realidades y que al igual que el resto de la muestra, provoca un despertar sin ser obvio ni tajante.Anatomía de un mundo frágil, de Paloma Mejía en OdA (Paraná 759 piso 1).