Lectores: “Recuperar la cultura del trabajo es una obligación moral”
Es una escena cotidiana y repetida en la Argentina, que parece haberse vuelto invisible para muchos, pero que a mí me sigue golpeando de frente cada vez que salgo a hacer un trámite o las compras.Basta con pasar por la puerta de un Banco o de cualquier supermercado para encontrarlos: jóvenes en la flor de la vida, gozando de buena salud y en plena edad productiva, sentados con la mano extendida o el vasito de plástico pidiendo “una ayudita”. Ya sea en efectivo o en especies.Y mientras los observo, no puedo evitar que me invada un hastío profundo, una mezcla de bronca e indignación. Ese tiempo ocioso, esas horas que pasan sentados fumando o bebiendo, viendo a la gente entrar y salir de los supermercados, podrían estar empleándolas en buscar trabajo, en capacitarse, en golpear puertas o en inventarse una changa.La juventud y la salud son los dos capitales más grandes que puede tener un ser humano para forjarse un futuro y duele ver cómo se dilapidan en la pasividad de la vereda.Tengo 71 años. Soy jubilado. A mi edad, todavía conservo intactas las ganas de seguir trabajando, de sentirme útil, de producir. Sin embargo, el mercado laboral moderno nos puso una fecha de vencimiento; para el sistema, los adultos mayores ya no calificamos. Nos descartan. Nos dicen que nuestra experiencia ya no sirve, a pesar de tener amplios conocimientos en informática y redacción.Pero esa marginación injusta no significa que mi respuesta sea rendirme. A pesar de las puertas cerradas, la dignidad me mantiene de pie. Jamás se me cruzó ni cruzaría por la cabeza salir a la calle a pedir “una ayudita” mientras tenga la capacidad de valerme por mis propios medios. La dignidad, el orgullo del trabajo propio, es algo que no se negocia.¿En qué momento perdimos el rumbo? Este país, que alguna vez se construyó sobre los cimientos del esfuerzo, la inmigración y el sudor de la frente de la sociedad, hoy se convirtió literalmente en el reino del revés. Lo hicieron pelota.Las bases morales que sostenían a nuestra sociedad fueron dinamitadas por décadas de políticas y relatos que castigaron el mérito y premiaron la dependencia y el asistencialismo. Se llegó a un punto de inflexión gravísimo donde todos los valores se invirtieron por completo.Hoy en día, lamentablemente, parece que es mucho más fácil, y hasta más rentable, ser corrupto que honesto. El que madruga, el que cumple la ley, el que paga sus impuestos y el que busca ganarse el pan con el sudor de su frente, es visto casi como un ingenuo.Mientras tanto el vivo, el que ataja caminos por izquierda, el que prefiere vivir a costa del Estado, o la caridad ajena teniendo las herramientas para trabajar, encuentra justificaciones por todos lados.No podemos aceptar que el ciudadano activo asuma que su único horizonte económico dependa de la bondad del transeúnte o de la dádiva estatal. Necesitamos recuperar de manera urgente la cultura del trabajo, volver a enseñar que el progreso no viene de una “ayudita” casual, sino del esfuerzo sostenido.Es hora de mirar la realidad de frente y dejar de romantizar la pobreza y la inacción.Quienes tenemos la experiencia de haber vivido en un país donde el trabajo dignificaba, tenemos la obligación moral de alzar la voz. Porque si todos seguimos permitiendo que la energía de nuestros jóvenes se marchite en la inercia, la ociosidad, la pereza, en la puerta de un Banco o un supermercado, el país no sólo habrá terminado de perder sus valores, sino que habrá hipotecado para siempre su futuro.Francisco Manuel Silva / frsilva50@gmail.comLa historia que no se tiene que repetirLa carta de Francisco es una postal que se viene repitiendo en la Argentina por la falta de seguimientos en temas de política económica, más precisamente en pobreza. Gobiernos que hacen y deshacen, proyectos truncos, y la corrupción que profundiza las crisis que el país viene arrastrando. El lector es un jubilado que se siente descalificado, como muchos otros en su misma situación, y a pesar de haberlo dado todo en su ciclo laboral, hoy no se rinde. Ensaya un paralelismo con aquellos que se “ganan la vida por izquierda” y los que con esfuerzo, estudios y dedicación no llegan a fin de mes. Alza la voz para hacer un llamado a la sociedad para “recuperar la cultura del trabajo” en un país golpeado por las guerras de Oriente Medio que nos son ajenas, pero que deshilachan sin compasión el bolsillo de los argentinos. Con una credibilidad en baja por la complicada situación del vocero presidencial Manuel Adorni, el Indec afirma que, entre el segundo semestre de 2024 y el mismo período de 2025, la pobreza bajó casi 10 puntos porcentuales, para ubicarse en 28,2%. Así, hay 13,4 millones de argentinos que no logran alcanzar la canasta básica. También, el último informe del Instituto de Estadística y Censos porteño dice que una familia tipo necesitó en marzo de 2026 ingresos mensuales de entre $ 2.342.860 y $ 7.497.154 para ser considerada de clase media en la Ciudad de Buenos Aires.Con esos datos, la imagen desgarradora de muchos jóvenes pidiendo “una ayudita” en la puerta de Bancos y supermercados se vuelve a plantar en la retina, y nos interpela sobre qué le está pasando al país al que se nos confió en no volver a repetir la historia.