A veces siento que nos están empujando a elegir un bando antes que a pensar.
Como si escuchar al otro fuera una debilidad. Como si reconocer un acierto de quien piensa distinto fuera una traición. Como si el respeto hubiera pasado de moda.
Pero hay otro camino posible.
No porque sea el más fácil, sino porque puede ser el único capaz de sostener una sociedad en el tiempo. El diálogo no significa renunciar a las convicciones; significa tener la fortaleza suficiente para defenderlas sin perder la humanidad.
Podemos pensar distinto y seguir cuidando el vínculo. Podemos debatir con firmeza sin caer en el desprecio. Podemos construir sin destruir al otro.
Tal vez uno de los mayores desafíos de nuestro tiempo sea volver a mirarnos como seres humanos antes que como etiquetas. Recordar que, antes de cualquier diferencia política, ideológica o social, compartimos la misma dignidad y el mismo anhelo de vivir en una comunidad mejor.
Quiera Dios que nunca perdamos esa capacidad. Que nunca dejemos que las diferencias nos hagan olvidar lo esencial: antes que un bando, antes que una ideología, antes que cualquier etiqueta, siempre hay un ser humano.
Y cuando volvemos a mirar al otro de esa manera, siempre nace una nueva oportunidad para construir un futuro mejor.

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